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Rabí Yehudá y Antonino

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Rabí Yehudá y Antonino

La época en la que nació Rabí Yehudá Hanasí era muy difícil para Am Israel. En ese tiempo, el imperio romano proclamó duros decretos en contra de los judíos, y hacía todo lo posible con tal de alejarlos de la Torá y de su Creador.

El decreto más grave de todos era, el que prohibía circuncidar a los niños, y cuya finalidad era la de hacer que el pueblo de Israel se asimile y desaparezca.

A los padres que eran sorprendidos cumpliendo esa Mitzvá, eran condenados a muerte junto a los niños circuncidados.

En aquellos tiempos, al Rab más grande e importante se lo denominaba "Nasí", que significa "príncipe", palabra que, además de ser un cargo, pdemostraba que era descendiente del Rey David. Y mientras el decreto romano amenazaba la vida física de los judios, le nació un hijo al "Nasí" Rabán Shimón Ben Gamliel.

Por supuesto, que a él no se le cruzó por la mente la posibilidad de acatar la orden imperial, y se preparó para celebrarle el Brit Milá a su hijo, al octavo día de nacimiento.

Los judios temieron por la vida de su Rab y Nasí, pero éste les dijo públicamente: "Dios nos ordenó por medio de Su Torá hacer el Brit Milá a nuestros hijos, y por otro lado, el malvado reino de Roma ordenó lo contrario. ¿Acaso hay alguna duda de a quién debemos obedecer?".

Cumplió Rabán Shimón Ben Gamliel el Mandato Divino, y le hizo el Brit Milá a su hijo delante de una multitud. Y le dió un nombre de valentía y fortaleza: Yehudá.

El suceso llegó a los oídos del cónsul romano, y mandó a llamar inmediatamente a Rabán Shimón, preguntándole cómo se había atrevido a traspasar la orden del imperio.

"¡Así nos lo ordenó Hashem, el Creador del mundo!", respondió firmemente el Rab.

El cónsul se quedó asombrado por la respuesta. Dentro de su corazón, realmente admiraba el Nasí de los judíos, pero no obstante ello, se veía obligado a castigarlo, pues el decreto imperial emanó directamente del Cesar, y el cónsul temía que fuera él mismo sancionado si no lo hacía.

"Bueno. Entonces, ¿qué piensas hacer conmigo ahora?", preguntó Rabán Shimón desafiante.
"No puedo tomar una decisión", fue la respuesta del cónsul. "Te enviaré al emperador y que él se pronuncie sobre la suerte del niño y de toda la familia".

Ese mismo día, envió un soldado a la casa de Rabán Shimón para que acompañe al niño y a su madre a trasladarse a la Roma imperial, a entrevistarse directamente con el Cesar.

La mujer tomó en sus brazos al pequeño Yehudá, y emprendió el camino. Antes de llegar a Roma, se hizo de noche y tuvo que buscar un lugar para dormir. Recordó que cerca de allí había una familia, cuya dueña de casa era una mujer no judía de buen corazón. Su esposo pertenecía al gobierno romano, pero era un hombre que apreciaba y trataba bien a los judíos, en especial a Rabán Shimón.

Fue muy bien recibida por su amiga, y ésta le ofreció su casa para descansar y pasar la noche con su hijo. "¿Cómo es que se le ocurrió salir al camino en horas tan tardías como estas? ¿Y por qué se le ve tan triste y preocupada?" le preguntó la anfitriona.

La esposa del Rabán Shimón le contó todo lo que había pasado, y que afuera de la casa estaba uno de los soldados del cónsul vigilando que no se escape, y que lleve al niño frente al Cesar, con las consecuencias trágicas que todo esto acarrearía. "¡Yo también he tenido un hijo de nueve días!" le dijo la dueña de la casa. "Se llama Antonino, y por supuesto no tiene hecha la circuncisión. Tómelo a cambio del suyo, y lléveselo al Cesar, para que crea que todo fue una calumnia y se salven tanto el niño como ustedes de la pena de muerte".

La ocurrencia fue aceptada con gusto por la esposa de Rabán Shimón, y ésta llevó al día siguiente al niño Antonino como si fuese suyo, dejando a Yehudá en manos de aquella buena mujer.

Llegó al palacio del Cesar acompañada del soldado, y se presentó frente al emperador.

El emperador hizo unas señas para que vengan otros soldados a revisar al niño y constatar las palabras del soldado. Y ante la sorpresa de todos, al desvestirlo, comprobaron que su cuerpito no había sido modificado desde que vino al mundo.

"¡No puede ser!", dijo asombrado el soldado. "¡Yo mismo lo he visto que tenía su circuncisión...".

En ese instante, uno de los consejeros del imperio, se acercó al Cesar y le murmuró al oído: "Su majestad: yo conozco a esta mujer, y le puedo asegurar que no es posible que el Rabino más importante de los judíos no le haya hecho la circuncisión a su hijo...".

-"Entonces, ¿cómo se explica esta situación?" le preguntó el Cesar.
-"No hay otra alternativa más que la de un milagro...".
-"¿Un milagro?".
-"Así es. Y eso, porque el Dios de ellos protege y les hace maravillas. Y así a ellos los cuida de todos los males, castiga también a sus opresores...".

Estas últimas palabras, más que sorprendieron, asustaron mucho al Cesar, quien inmediatamente dejó en libertad a la mujer, y anuló el decreto que prohibía a los judíos circuncidar a sus hijos varones.

Lloraron de emoción, llegó la esposa del Rabán Shimón a la casa de la mujer, y le contó todo lo que había pasado. Luego de abrazarla y agradecerle, le dijo:
-"Su hijo no sólo salvó la vida de mi hijo, sino la de todos los demás niños judíos del imperio. Pido a Dios que cuando crezcan sean amigos, y tengan mucho éxito en todo lo que hagan…".

La plegaria de la esposa de Rabán Shimón se cumplió con creces: Su hijo llegó a ser Rabí Yehudá, conocido también como Rabenu Hakadosh; Nasí de todo su pueblo y uno de los más grandes personajes de nuestra historia. Y Antonino llegó a ser emperador de Roma, y cuando crecieron se hicieron grandes amigos. Antonino fue muy benevolente con los judíos, y empezó a estudiar Torá con Rabenu Hakadosh, hasta que tomó la decisión de circuncidarse a sí mismo y convertirse al judaísmo.

La protección de la Tzedaká

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La protección de la Tzedaká

Raban Shimon ben Iojai tuvo un sueño en la noche de Rosh Hashana. Soñó que sus dos sobrinos serían multados por el gobierno en la suma de 600 dinares.

A la mañana siguiente visitó a sus sobrinos y los persuadió de que fueran los gabaim de la comunidad, para estar a cargo de dispensar el dinero de tzedaká a los pobres.

A través de este método de permitirles involucrarse con tareas de caridad esperaba evitar el nefasto decreto gubernamental de hacerse efectivo.

-Y quien nos proveerá del dinero para dar a los pobres de la comunidad? preguntaron a su tío. -"Ustedes adelanten el dinero y lleven un registro de cada centavo que entregan. A fin de año la comunidad les reembolsará por lo gastado", les contestó Raban Shimon.

Estuvieron de acuerdo y tomaron el trabajo. Algún tiempo más tarde una persona de mala fe los denunció ante el gobierno bajo el falso cargo de que los dos jóvenes negociaban con sedas y otras mercaderías y no pagaban los impuestos.

Al día siguiente un viejo recaudador de impuestos se presentó y les demandó la suma de 600 dinares como multa por no cumplir con sus obligaciones. Ellos protestaron y declararon su inocencia pero el hombre no los quiso escuchar por lo que terminaron siendo puestos en prisión.

Cuando Raban Shimon escuchó sobre esto, los visitó en la cárcel.
-Diganme, cuanto dinero han adelantado para caridad durante todo este año?, les preguntó.

-Encontrarás el registro en un libro que guardamos en nuestra casa, le contestaron los sobrinos. Raban Shimon fue hasta allí y comenzó a examinar el citado libro. Vio que habían dado 594 dinares.

Los visitó nuevamente en la cárcel y les dijo resueltamente:
-Entregame 6 dinares y los liberaré de la cárcel.

-Cómo es eso posible?, le preguntaron los sobrinos- el recaudador de impuestos demanda 600 dinares y tú solo pides 6 para liberarnos?

-No importa -les contesto-, dame los 6 dinares y yo prometo liberarlos hoy.

Le dijeron dónde podría encontrar esas monedas y con el dinero en mano fue a visitar al recaudador a quien le pidió que aceptara esos 6 dinares y olvidara el caso.
– Ellos no tienen dinero para pagarte -le dijo-. ¿Qué ganarás dejándolos en prisión? Toma estos dinares, liberalos y abandona este caso. Nadie saldrá perjudicado. El recaudador aceptó el trato y los liberó. Cuando arribaron a su hogar los jóvenes preguntaron a su tío:

-Como sabías que solo harían falta 6 dinares para liberarnos? ¿Tienes alguna información adicional sobre nuestro caso?
-"No", les dijo, pero en la noche del último Rosh Hashana tuve un sueño en el que vi que serían multados por la suma de 600 dinares. Contando el dinero que dieron para tzedaká, note que faltaban 6 para llegar a esa suma. Por lo tanto supe que el recaudador aceptaría los 6 dinares y los liberaría. El poder de la tzedaká es muy grande.

-Si tú nos hubieras contado esto en aquel momento, gustosamente hubiéramos donado toda la suma de 600 dinares para caridad, dijeron los muchachos, antes de tener que pasar por toda esta terrible experiencia de haber sido puestos en prisión.

– "Si yo les hubiera avisado en ese momento..." les contestó Raban Shimon ben Iojai. No hubieran donado el dinero para la caridad sino para escapar del castigo.

Siempre puede ser peor

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Siempre puede ser peor

Hace mucho tiempo, en una granja no muy grande en una pequeña aldea cercana a un pueblo no muy grande de Polonia vivía una familia. Un día los abuelos llegaron para vivir en la ciudad con ellos. Los nietos estaban muy contentos con la llegada de los abuelos, pero los padres se preocuparon ya que la casa era muy pequeña, y todo se volvería muy ruidoso.

En invierno cuando las noches eran más largas y eran días muy fríos y todos estaban dentro de la casa la vida fue especialmente difícil. Entonces el pobre hombre fue a consultar con el rabino.

"Rabino: ¿qué hago?... Es muy difícil vivir así!

Los niños, mis suegros. Mucho ruido. Todos amontonados. ¿Qué hago?"

El rabino pensó detenidamente un momento y le pregunto:

"¿Tienes gallinas?"

"Por supuesto que tengo gallinas", dijo el hombre sin entender mucho.

"Lleva las gallinas dentro de la casa"

El granjero estaba realmente confundido pero sabía que el rabino era un hombre muy sabio. Así que regresó y tomó las gallinas y las entró a la casa. Pero fue todo menos tranquilo y apacible. En realidad fue peor con el cacareo y el aleteo de las gallinas.

El señor regresó con el rabino y le dijo:

"Rabi, hice lo que usted me indicó. Pero ahora entre mis suegros y las gallinas esto está mas bullicioso y tumultuoso".

El Rabino pensó unos minutos y le preguntó...

"¿Tienes alguna cabra?"

"Por supuesto que hay cabras en la granja", dijo el granjero.

"Llévalas dentro de la casa", dijo el rabino

Respetando la sabiduría del rabino el hombre confundido llevó a las cabras a vivir dentro de la casa. Y lo que sucedió es que no fue todo más tranquilo y silencioso. Al revés, fue mucho peor con el cacareo de las gallinas, el aleteo de sus alas y las cabras con su balido y empujando y mordiendo todo lo que encontraban en el camino. La cabaña parecía más pequeña y los niños más grandes.

Al día siguiente el granjero regresó con el rabino. "Hice lo que me indicó Rabi, ahora nadie tiene lugar para dormir ya que las gallinas se apoderaron de las camas y las cabras hacen unos ruidos estrepitosos!!"

El rabino estaba pensando y parecía muy desconcertado. Entonces dijo:

"Debes tener algunas ovejas...".

"Por supuesto que tengo ovejas".

"Llévalas dentro de la casa" dijo el rabino

El granjero sabía que el rabino era muy sabio. Entonces llevó las ovejas dentro de la casa. Y la cabaña está llena, y había un ruido tremendo. Las gallinas cacareaban, y aleteaban, el balido de las cabras que acompañaban con un movimiento de cabezas golpeando todo, las ovejas que que balaban sin fin y hasta una se sentó sobre los lentes del granjero destruyéndolos. La casa era algo raro, entre ruidos y cantidades de personas. Además ya comenzaba a oler como un granero..

Completamente desesperado el buen hombre fue con el rabino y le dijo:

"Rabino seguí todas sus instrucciones. Pero ahora está todo peor, los abuelos no tienen donde dormir, los animales ocupan todos los lugares, rompen todo, huele todo mal. Es una pesadilla"

El rabino frunció el ceño. Cerró los ojos y pensó durante mucho tiempo. Finalmente dijo: "Esto es lo que vas a hacer. Toma las ovejas y las cabras y llévalas al establo. Toma las gallinas y devuélvelas a su gallinero".

El granjero corrió a su casa e hizo exactamente como el rabino le había dicho. Al tomar los animales fuera de la casa, sus hijos y la esposa y los abuelos comenzaron a poner en orden las habitaciones. En el momento en que la última gallina fue colocada en su gallinero, la casa parecía bastante agradable. Y todo era tranquilo.

Toda la familia estuvo de acuerdo que la casa era la más espaciosa, agradable y cómoda casa de cualquier lugar. Esa noche durmieron todos apaciblemente. El granjero quedó muy agradecido por los consejos sabios del rabino.

Un visitante para Pesaj

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Un visitante para Pesaj

Esta historia es sobre un hombre justo que vivía en Jerusalén, lamentablemente era muy pobre. Y justo un día antes de Pesaj, el jasid se dio cuenta que no tenía nada de dinero para comprar todo lo necesario para la fiesta.

Todos los habitantes de Jerusalén ya habían comprado las matzot, huevos, vino, etc. Solo el jasid no había comprado nada. Entonces se le acercaron su esposa, hijos e hijas, los grandes con los pequeños y comenzaron a llorar. Y le dijeron: "Todo el pueblo de Israel se alegrará en Pesaj y sola nosotros estaremos hambrientos y sedientos"

Se compadeció el jasid de su esposa e hijos y fue al mercado a tratar de conseguir un trabajo que le permita recibir dinero para las compras de Pesaj.

Se encontró en el camino con un hombre anciano, alto, de barba blanca y bella vestimenta que le dijo: "Soy extranjero en esta ciudad, vine de tierras lejanas y quiero festejar Pesaj en Jerusalén. Si me puedes recibir en tu casa, te pagaré muy bien. Toma este dinero para que tu esposa prepare comida para mi y los tuyos".

Recibió el jasid el dinero y le dijo: ¿Cuál es tu nombre?

-Rabi Nisim (Milagros) es mi nombre, y en la víspera de Pesaj llegaré a tu casa.

Regresó el jasid a su casa y le contó a su esposa las buenas noticias: "Un visitante anciano que llegó de tierras lejanas, vendrá a cenar con nosotros en Pesaj, y aquí está el dinero para comprar la comida y prepararnos para el Seder".

Rápidamente la mujer compró matzot, huevos, frutas, carnes y pescado y vino para las cuatro copas, y también ropa y zapatos para los niños.

En la víspera de Pesaj se vistió el jasid sus ropas festivas y fue al mercado a buscar al invitado. Pero no lo halló. Fue de calle en calle y de casa en casa preguntando: "¿Vieron un hombre anciano y elegante, que vino de tierras lejanas?"

Pero nadie lo había visto.

El jasid estaba muy triste y cuando se puso el sol, fue tiempo del rezo y el invitado no aparecía, fue el jasid a buscar al rabino y le contó todo lo sucedido.

Le contestó el rabino: "El anciano que encontraste era Eliahu Hanavi, que vino en tu ayuda. El nombre que te dijo, Nisim, nos recuerda al milagro de Pesaj, en donde salimos de Egipto, de la esclavitud a la libertad".

Los niños de Jerusalén

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Los niños de Jerusalén

Un visitante de la ciudad de Atenas, escuchó que los niños de Jerusalén eran muy sabios.

Dijo entonces, "Viajaré a Jerusalén y comprobaré si de verdad son tan inteligentes". Tomó un barco y luego de un viaje por tierra llegó a la ciudad.

Vio a un niño pequeño, le dio unas pocas monedas y le pidió que le traiga una comida del mercado, que lo satisfaga y que le deje un poco más para el camino.

El niño fue y regresó con una bolsa de sal.

El visitante le preguntó: ¿sal, acaso se puede comer sal?

El niño le respondió: te traje lo que me has pedido, comida, que te satisfaga y que le deje un poco más para el camino.

El segundo día encontró otro niño y le dio unas monedas para que le compre queso y huevos. Al regresar el niño el visitante le preguntó:

-Dime niño, el queso es de una cabra blanca o negra

El niño le respondió: Tu eres mayor que yo y más sabio, así que dime tu, si los huevos que te traje, son de una gallina blanca o negra.

El visitante se enojó y dijo que los niños en Jerusalén no eran para nada inteligentes.

Rabí Yoshúa escuchó la conversación y les dijo que los niños eran tan inteligentes que no dejaban que nadie los molestaran o les hicieran trampas. Al primer niño le distes muy poca plata para el pedido que le hiciste y la sal, sirvió para todas tus exigencias. Con el segundo niño le hiciste una pregunta que no podía contestar y él te demostró lo mismo con su respuesta.

Y Rabí Yoshúa le contó una historia que le sucedió el día anterior, donde vio un niño con una canasta cubierta con una servilleta, y le preguntó que tenía en la canasta.

El niño le contestó, si mi mamá hubiera querido que sepas que llevo acá, no estaría tapada.

Todos entonces se rieron y comprendieron lo inteligentes que eran los niños de Jerusalén.

La almohada de plumas

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La almohada de plumas

Cuenta la historia que en un pueblo pequeño en un lugar de Europa, había un señor que tenía un problema muy serio: Le encantaba hablar mal del resto de las personas. Cualquier situación era buena para sus comentarios. Cada vez que oía una historia sobre alguien, se la contaba a sus amigos. Pero llegó el día que se arrepintió, se dio cuenta que había lastimado a muchas personas..

No sabía que hacer y decidió visitar al rabino de la ciudad para pedir su consejo. Al llegar a la casa, el hombre le relató toda la situación al rabino.

Entonces el rabino después de pensar lo hizo regresar a su casa y le pidió que le trajera una almohada de plumas. El hombre no entendió nada, pero fue a su casa y regresó con la almohada de plumas rápidamente.

El rabino tomó la almohada y con un cuchillo la cortó por varios lugares. El hombre quedó asombrado, no entendía la relación entre la almohada y su problema.

Entonces el rabino le regresó la almohada y lo invitó a salir por todo el pueblo con su almohada de plumas. Cuando regresó cansado de las vueltas que había dado, el rabino le dijo que volviera a salir para juntar todas las plumas y guardarlas en la almohada. Primero el hombre se enojó con el rabino, creía que estaba loco, y comenzó a gritarle:

-¿Es qué tu crees que yo puedo regresar para que la almohada quede como antes? Con dificultad puedo yo encontrar algunas de las plumas que se volaron, pero todas, nunca, el viento las hizo volar lejos.

Entonces el rabino lo miró a los ojos y le dijo:

-Eso también ocurrió con tus palabras. La fuerza de las palabras que nosotros sacamos de nuestra boca, como las plumas ya se fueron, se dispersaron, se volaron. Y muchas veces es imposible regresar cada una de esas palabras a nosotros.

El hombre entendió la enseñanza del rabino y volvio a su casa determinado a no volver a comentar negativamente de otras personas.

Los seis años buenos

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Los seis años buenos

Sucedió hace muchos años que un hombre pobre y justo estaba en el campo trabajando la tierra con la azada. Con mucha dificultad, trataba de conseguir un poco de comida.

-No te preocupes, pasaremos esta época mala y vendrán tiempos mejores-le decía su mujer.

- ¿Cómo tú sabes eso?, le preguntaba el hombre a su esposa. Hay personas que tienen y hay otras que no tienen. Debemos estar contentos con lo que tenemos y no llorar por lo que no tenemos.

Pero en realidad el hombre no estaba nada feliz.

Un día mientras estaba en su campo, se encontró con el profeta Eliahu vestido como un caminante errante.

- "Shalom Aleijem" le dijo el caminante.

- "La paz sea contigo" le contestó el hombre mientras trabajaba la tierra.

- "Sabes... Te mereces recibir seis años buenos. Y puedes elegir en recibirlos inmediatamente o al final de tus días, cuando ya no tengas tantas fuerzas para seguir trabajando" le dijo el caminante

- "La verdad es que yo no te creo, y no tengo dinero para darte, así que mejor vete en paz" le dijo el hombre justo.

Al día siguiente regresó el caminante y le volvió a decir:

- "Debes saber que te corresponde recibir seis años buenos. ¿Quieres recibirlos ahora o al final de tus días?"

- "Disculpa, pero me cuesta creerte, continúa en paz tu camino" le dijo el hombre

A la mañana siguiente regresó el caminante por tercera vez. Vio el hombre que no desistía.

Entonces le dijo:

- "Iré a consultar con mi esposa"

Y ella le dijo que le pida al caminante que le traiga los seis años buenos ahora, pero el hombre seguía con su pensamiento que "Hay gente que tiene y quienes no tienen y así lo quiso Dios".

La esposa enojada le preguntó:

- "¿De dónde sabes tú, qué es lo que Dios quiere para nosotros? Si Él quiere que tengamos seis años buenos ¿quién eres tú para interferir?"

- "¿Tú crees que es voluntad del Creador la oferta del caminante que pasó con su ropa rota?. Mira lo que haré, iré a pedirle ya los seis años buenos. Así comprobaremos que sus palabras son solo fruto de su imaginación".

Fue entonces el hombre justo al caminante a pedirle los años de bonanza.

- "Regresa a tu casa y antes de llegar a tu puerta te encontrarás con la bendición" le dijo el caminante.

Se rió el hombre y siguió arando la tierra. Y comenzó a pensar que tal vez no debía haberse enojado con su esposa ya que lo que el caminante tal vez quería era darle esperanza a sus corazones. O tal vez, si llegan las bendiciones a su vida. Dejó el hombre la pala y se fue a su casa.

Mientras tanto sus hijos jugaban en el patio de la casa, y excavando en la tierra uno de ellos encontró una moneda de oro . Muy entusiasmado se la mostró a su madre, y en seguida el hermano mayor encontró otra moneda más. Siguieron cavando la tierra y encontraron más monedas. La madre fue guardando las monedas que encontraban y dijo:

- "No nos mintió el caminante".

Encontraron suficientes monedas para poder vivir seis años. Cuando el hombre regresó a su casa, se enteró de las buenas nuevas, comprendió que el caminante, no era otro más que el Profeta Eliahu y agradeció a Dios por su regalo.

En la noche mientras que la familia estaba sentada, la esposa le dijo que tal vez se equivocaron y debían haber pedido la bendición para sus años de vejez cuando ya no tengan fuerzas de trabajar la tierra. Tal vez eso era cierto, pensó el hombre. Pero después de un rato dijo:

- Durante muchos años trabajé la tierra y no vi frutos de mi esfuerzo. Ahora Dios tuvo compasión de nosotros y nos envió está bendición. También nosotros debemos tener compasión por las demás personas. Vamos a ayudar ahora a quienes lo necesitan haciendo Tzedaká y buenas acciones y aportando algo de lo que Dios nos brindó.

Y así hicieron cada moneda que entregaban y usaban lo registraban en una pequeña libreta.

Al finalizar los seis años, llego el Profeta Eliahu hacia ellos y les dijo:

-"Han pasado los seis años buenos, es tiempo de llevarnos la bendición".

- "Cuando nos encontramos por primera vez consulté con mi esposa y por su consejo recibimos la bendición. Ahora también quiero contárselo a ella" dijo el hombre justo

- "Ven, acompáñame a mi casa".

Llegó el Profeta Eliahu a la casa y le dio la noticia a la esposa. Ella le entregó la libreta con todas las anotaciones, esperando que pudieran encontrar alguien más a quien darle la bendición.

Dios tomó consideración de todas las buenas acciones y la tzedaká que hicieron durante los seis años y decidió agregarles algo bueno sobre lo bueno, una bendición sobre cada bendición que ellos hicieron.

Desde esos tiempos, el hombre justo y su esposa continuan realizando de manera silenciosa buenas obras hacia los demás.

Los sabores de Shabat

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Los sabores de Shabat

Una vez los estudiantes del Baal Shem Tov, gran rabino y maestro jasídico, le pidieron que les muestre un verdadero Tzadik, un hombre justo.

Estuvo de acuerdo el Baal Shem Tov, con la condición que los estudiantes puedan observar sin emitir palabra, en absoluto silencio.

Fueron a la sinagoga para el rezo de la noche del Shabat, y el Baal Shem Tov, les señaló un judío pobre, con sus vestimentas gastadas, que rezaba y se lo veía con alegría en su rostro.

Cuando finalizó el hombre de rezar, salió de la sinagoga hacia su casa.

Detrás de él, lo siguieron el Baal shem Tov y sus estudiantes en silencio. Entró el hombre a su pequeña casa, y todos miraron desde la ventana, como con alegría decía:

-Shabat Shalom, esposa mía, mi dulce paloma, Ionatí!!!

-Shabat Shalom, esposo de mi corazón, le respondió.

–Ionatí dame el vino para el Kidush.

La mujer le mostró dos hogazas de pan que estaban bajo una servilleta blanca, y le dijo:

-Mi querido esposo, no tenemos vino para el kidush, toma el pan para bendecirlo.

Santificó el hombre el Shabat sobre el pan y su rostro continuaba irradiando alegría.

-Ahora Ionatí puedes servir el pescado.

La esposa trajo una bandeja de fríjoles, que compartieron. Se sentaron y comieron juntos, cantaron canciones de Shabat con gran placer.

-Ahora, Ionati puedes traer la deliciosa sopa con almendras.

La mujer volvió a servir en los dos platos un poco más de fríjoles. Comieron y disfrutaron con agrado la cena de Shabat. Las canciones que entonaban alegraban la casa, y las bellas melodías salían de la ventana y llegaban hasta el cielo.

-Bendito es Hashem, que nos permite tener un Shabat tan hermoso.

Y la esposa le sirvió un poco más de fríjoles, y comían con gusto como si deleitarán una carne tierna y sabrosa y otro tipo de manjares.

Y sus rostros brillaban aun cada vez más. Después de comer, siguieron cantando y bailando las canciones de Shabat y uno le decía al otro:

"Alegrémonos con lo que tenemos, que agradable es nuestro destino!" (como dice una parte de la plegaria)

Cuando los alumnos del Rabi Baal Shem Tov vieron eso, comenzaron a llorar de la emoción y le dijeron a su maestro:

-Gracias Rabi, que nos mostraste a esta familia que con poco podían alegrarse y transformaron el pan en vino y los fríjoles en manjares de Shabat. La voz de sus plegarias y melodías cubrieron toda la tierra.

Camino corto o camino largo

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Camino corto o camino largo

Un día Rabí Yoshúa Ben Janania debía ir a otra ciudad. Un tiempo prolongado caminó en un sendero largo y pavimentado. Pero cuando vio de lejos los techos de las casas, llegó justo a una bifurcación en el camino: dos senderos delante suyo, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno se veía de fácil andar, y el otro se veía cubierto de piedras y arena.

No sabía que hacer Rabi Ioshua, qué camino tenía que elegir?

Miró para todos lados y vio un niño sentado cerca sobre una piedra. Se acercó a él y Rabi Yoshúa le preguntó:

-Hijo, cuál es el camino que conduce a la ciudad?

-Por los dos caminos se llega a la ciudad.

-¿Y por cual de ellos llegaré más rápido?

-Ese, dijo el niño señalando uno de los caminos "es un camino corto, pero largo"

Después señalando el otro camino agregó:

-"Y ese es un camino largo, pero corto"

No entendió Rabí Yoshúa el propósito del niño y pensó:

No debe haber una gran diferencia entre los caminos. Iré por el camino corto que es el que parece más fácil, y podré llegar más rápido a la ciudad.

Comenzó a caminar Rabí Yoshúa y aunque el camino se veía corto y fácil, rápidamente se acercó a la ciudad cuando vio de repente que el camino no tenía salida. Delante suyo había jardines y plantaciones de flores y frutos. Para seguir iba a tener que treparse a los cercos y buscar senderos y pasajes y quién sabe, cuando llegaría finalmente a la ciudad.

Volvió Rabí Yoshúa al cruce de caminos y el mismo niño a quien le preguntó seguía sentado ahí, le dijo:

-"Niño, ¿me dijiste que ese era un camino corto?"

-"Pero también le dije que era largo", le contestó el niño.

Acarició Rabí Yoshúa con respeto la cabeza del niño y le dijo:

-"Dichoso Israel, que está lleno de sabiduría, desde los grandes a los pequeños. Algo muy importante aprendí hoy: Hay caminos que se ven cortos y en realidad son largos y dificultosos, y hay caminos que se ven largos pero en realidad son más cortos y directos"

Fue entonces Rabí Yoshúa por el segundo camino. El comienzo no era muy fácil y también fue un poco largo, pero por ese camino llegó finalmente a la ciudad.

El bien común

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El bien común

Sucedió una vez que un señor estaba quitando las piedras de su campo.

Hacía muy bien el hombre que alejaba las piedras que evitaban que crecieran las plantaciones que tenía. ¿Pero qué es lo que este señor hacía? En vez de juntar todo en una esquina del campo, o construir con ellas una cerca a su alrededor, las tiraba al lugar que le era más cómodo, un camino que pasaba al lado de su campo. Esto lo hacía solo porque era muy haragán.

Por ese camino que estaba pegado a su campo pasaban todos los días muchas personas que estaban en camino a sus casas o trabajos.

Por supuesto que las piedras molestaban el recorrido, pero en eso no se preocupaba el dueño del campo, ya que solo pensaba en su necesidad y comodidad.

Un día pasó por el lugar un hombre muy bueno y piadoso. Cuando vio como se comportaba el dueño del campo, se preocupó con tristeza y le dijo:

-"Señor!! ¿Qué es lo que está haciendo?" Eso es poco inteligente ¿Por qué sacas las piedras de un lugar que no te pertenece a uno que te pertenece?

El hombre interrumpió un momento su tarea, miró al caminante que le hablaba y comenzó a reírse mucho.

-"Poco inteligente eres tu", le dijo con burla ¿Qué estás hablando? Es todo lo contrario. De mi lugar estoy sacando las piedras al lugar que no es mio, el camino!

Y el hombre bueno y piadoso no le contestó. Movió su cabeza y continuó su camino, mientras que el dueño del campo siguió tirando piedras como si nada y riéndose por una hora más, sobre las extrañas palabras que le dijo el caminante.

Pasó un largo tiempo, tal vez meses o años y el dueño del campo, empobreció y tuvo que vender su propiedad, pasando a trabajar un campo de otra persona como un simple trabajador.

Una tarde regresando a su casa de su trabajo, estaba pensando en los días de abundancia cuando era dueño de su propio campo, se distrajo. Se tropezó con unas piedras y se cayó.

Con mucha dificultad se levantó, todo adolorido. Miro a su alrededor, para ver donde estaba, y de repente reconoció el lugar: ese era el camino que pasaba junto al campo que tuvo una vez. También reconoció con seguridad la pila de piedras que el mismo tiró mientras limpiaba su campo.

Y entonces pensó: Cuán inteligente y cuánta razón tenía ese hombre!! Que equivocado estaba yo, y que sabio fue el caminante.

Ese campo del cual saqué las piedras ya no es mio, y el camino en donde las arrojé, es tan mio como de cada una de las personas que transitan por acá. Pertenece a todos.

Al final de cuentas, dañe a todos, inclusive me dañe a mi mismo.

Saber pedir prestado

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Saber pedir prestado
Esta historia la contó Rabi Aja

Hace muchos años en una aldea pequeña vivían dos señoras. Eran vecinas, y muy diferente era una de la otra. En lo alto de la colina vivía una señora muy flaca y alta, muy seria y muy enojada. Hablaba muy groseramente y poco amable.

Las palabras «gracias» y «por favor» ni las conocía. En lo bajo de la colina, en una casa de ladrillos rojos y un patio pequeño, vivía una señora muy alegre y regordeta. Sonreía a todo el mundo, ayudaba a todos y era educada y muy agradable.

«si, si y mil gracias», eran palabras que siempre salían de su boca.

Entre las dos casas pasaba un camino largo y angosto, cubierto de piedras, pequeñas y grandes, algunas que sobresalían y otras que no. En el camino siempre había niños pequeños y grandes saltando y jugando.

Un día de la casa en lo alto de la colina salió la señora muy flaca y alta, muy seria, enojada y muy apurada. ¿Y el enojo por qué era? Es que estaba preparando una gran cena, e iba a recibir muchos invitados, cuando vio que le faltaban sillas. ¿De dónde iba a sacar esas sillas? Pensó y desde adentro se contestó: Debo tomar prestada de las vecinas.

Rápidamente corrió por el angosto camino de piedras pequeñas y grandes que recorre las casas de la aldea.

"Fuera del camino, niños, no ven que estoy apurada", gritó a los niños que jugaban.

Al lado de una casa se paró. La puerta estaba cerrada y sin golpear, ni pedir permiso, entró.

"Necesito sillas, rápido, ya!! Estoy muy apurada".

La vecina le contestó, "no tengo ahora, lo siento".

Así pasó la señora muy seria y muy apurada de vecino en vecino sin conseguir ninguna silla. Se sentó en una piedra en el camino pensando "¿Cómo es que no queda ni una silla en el pueblo?"

En ese mismo momento de lo bajo de la colina, en la casa de ladrillos rojos y un patio pequeño, salió la señora muy alegre y regordeta. También ella estaba muy apurada, yendo por el camino, sonriendo a todo el que veía, y alegrándose con ella los niños que jugaban.

Una niña le pregunta hacia dónde iba y ella con detalle contestó que tenía que preparar una cena para varios invitados dándose cuenta que le faltaban sillas, es por eso que iba a pedírselas prestado a algunos vecinos.

Llegó a la casa de la primera vecina, golpea la puerta y le abre la dueña de la casa.

"¿Buenos días, cómo está?" preguntó la señora muy alegremente.

Contestó la vecina dueña de la casa, "Bien, gracias!"

"¿y su esposo, cómo se siente?"

"Excelente!"

"¿y los niños?"

"Traviesos ellos, jugando en el patio. Pero entre por favor, ¿qué es lo que necesita?"

"Necesito algunas sillas para la casa, tengo invitados a cenar".

"Tome las sillas que necesite, por favor".

En lo alto de la colina entre las casas de la aldea pasa un camino largo y angosto. Un camino cubierto de piedras, pequeñas y grandes, algunas que sobresalían y otras que no. En el camino siempre había niños pequeños y grandes saltando y jugando.

Por el camino van dos señoras, una alegre y en sus manos lleva sillas. La otra con cara seria y sus manos vacías.

Joni, el hacedor de círculos

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Joni, el hacedor de círculos

Eran los días de Shimón ben Shétaj y Joní HaMeaguél (el hacedor de círculos). Llegó el 20 de Adar cuando la gente estaba desesperada por lluvia, se abrieron los cielos y cayó lluvia para ellos.

¿Pero qué fue en realidad lo que sucedió?
La Tierra de Israel había sufrido sequía y hambruna durante tres años, y aunque rezaban, la lluvia no caía. Entonces las personas acudieron a Joní HaMeaguél y le dijeron: "Reza para que caigan las lluvias, sin las lluvias nuestros sembradíos se secarán"

Joni rezo y rezó, pero aún no llovía. Ni una gota cayó.

Entonces Joni tomo un palo, trazó un círculo y se colocó en su interior, como lo había hecho el Profeta Jabakúk, y dijo: "Ribono shel Haolam, Tus hijos han recurrido a mí ya que me consideran miembro de Tu casa. ¡Juro por Tu gran Nombre que no me moveré de aquí hasta que Te apiades de ellos!"

Entonces comenzaron a descender gotas de lluvia. Una llovizna suave cayó. Sus discípulos le dijeron: "Rabí, esto no es lo que queremos. Esta lluvia no alcanza para nada, nuestras plantas y ganados morirán".

Entonces Joni mirando hacia el cielo, dijo: "Amo del Universo, esto no es lo que Te pedí. ¡Te suplico que hagas caer lluvias que llenen las cisternas, los canales y los pozos!"

Ni bien terminó su plegaria las lluvias comenzaron a caer a cántaros. Se inundó todo, los pozos se desbordaron. Los Sabios estimaron que cada gota tenía la medida de un log (¡una medida de líquido que supera el contenido de una taza!)

Entonces le dijeron: "Joni, esto no es lo que pedimos, no queremos morir! ¡Esta lluvia destruirá todo! Qué pare ya!"

Joni les respondió: "Hijos míos, no moriréis". Luego dijo "Ribono shel Haolam, esto no es lo que Te pedí. Te ruego hagas caer lluvias buenas que traigan abundancia".

Las lluvias comenzaron a caer entonces como de costumbre. Sin embargo, los habitantes de Jerusalén tuvieron que ascender al Monte del Templo porque todas las casas estaban inundadas.

Le dijeron: "Así como has rezado para que comiencen las lluvias, reza para que se detengan".

Entonces Joni les respondió: "Se supone que uno no puede rezar para que el bien se detenga. Tráiganme un buey como ofrenda de agradecimiento a Hashem.

Fueron y trajeron el buey. El posó sus manos sobre la cabeza del buey y rezó: "¡Amo del Universo! Observa a Tu pueblo Israel, a quien Tú has sacado de Egipto con Tu brazo fuerte, poderoso y extendido. No pueden resistir Tu enojo desmedido ni Tu enorme bondad. ¡Sea Tu voluntad que haya alivio para ellos!"

Inmediatamente comenzó a soplar el viento, las nubes se dispersaron, el sol brilló, y la tierra se secó. La gente del pueblo bajó a los campos y con alegría vio que de la tierra habían brotado trufas y hongos.

La buena y mala lengua

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La buena y mala lengua

Cuentan una historia acerca de Rabi Shimon Ben Gamliel, quien era uno de los grandes sabios y presidente del Sanedrín, discípulo de Hillel y estudioso de la Torá. Muchos alumnos tenía Rabi Shimón y todos siempre estaban aprendiendo de su gran sabiduría. Tobi era su ayudante y aprendía junto a ellos.

Un día Rabi Shimón llamó a Tobi y le pidió que vaya al mercado y que compre la mejor comida que encuentre. Fue Tobi al mercado y le compró a un vendedor lengua de vaca y se la llevó al rabino.

-"Aquí tiene el mejor manjar que encontré en el mercado", dijo Tobi

-"¿Lo mejor? ¡qué bien! Gracias", dijo el Rabino al ver la lengua

-"Ahora Tobi, ve al mercado y por favor consigue la peor comida que encuentres", dijo el rabino nuevamente

Tobi se sorprendió y no entendió mucho el porque del pedido, pero regresó al mercado para cumplir el encargo. En el camino Tobi trató de pensar el por que del pedido, tendrá Rabi Shimón alguna lección que enseñarnos?

Pensó mucho Tobi y cuando creyó haber entendido el próposito de su maestro, entró al mercado directamente al puesto donde compró la vez anterior. Al llegar donde el rabino le entregó nuevamente una lengua de vaca.

Entonces Rabi Shimón al ver nuevamente la lengua le preguntó:

"¿Qué es lo que hiciste Tobi? Cuando te pedi que trajeras lo mejor del mercado trajiste lengua y al pedirte lo peor nuevamente me trajiste lengua". "¿Es acaso una broma?"

"No Rabi, no es ninguna broma, la lengua puede llegar a ser lo mejor si de ella salen palabras buenas y de aliento. Pero si utilizamos la lengua para palabras duras, que destruyen y dañan, la lengua es muy mala".

Rabi Shimón estaba feliz con la explicación de Tobi y fue a relatar lo sucedido a sus alumnos.

Pescado para víspera de Iom Kipur

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Pescado para víspera de Iom Kipur

Contaba Rabí Tanjuma que en la antigua Roma vivía un sastre judío.

Trabajaba muy duro y vivía simple y modestamente. La mayoría de sus ahorros, producto de las ganancias de toda la semana, los gastaba en compras para Shabat y las fiestas, momentos que honraba y estimaba mucho.

Un día, en vísperas de Yom Kipur, el sastre fue al mercado para comprar pescado para la comida especial del día, a sabiendas que era una gran mitzvá honrar el día con un buen festín, y el pescado era una cosa especialmente adecuada para la ocasión. Buscó por todo el mercado pero no había en ningún lugar pescado para comprar. Finalmente encontró un pescador que tenía un enorme pescado en venta.

El sastre estaba muy contento y extrajo su monedero para pagar por él cualquier suma que el pescador pidiera. En ese preciso momento apareció un hombre vestido de uniforme y con apariencia de ser muy importante.

"¡Oye, pescador!", gritó el extraño.

"¿Cuánto quieres por el pescado?"

"El sastre judío llegó antes, mi señor. Lo venderé a él si está dispuesto a pagar mi precio", contestó el pescador.

"¿Acaso no sabes quién soy? ¡Soy el mayordomo del gobernador! Además, yo te pagaré más que el judío", dijo con firmeza el hombre uniformado.

El pescador no sabía qué hacer. Mientras tanto, se había reunido en el lugar una gran cantidad de personas que observaban con enorme curiosidad la discusión.

Alguien, de entre la gente, gritó:

"¡Véndeselo a quien pague más!"

"¡Yo te doy todo un dinar!", exclamó el mayordomo, con la esperanza de silenciar al sastre judío e impresionar al público al mismo tiempo.

"¡Toda una fortuna por un único pescado!", exclamaron algunos muy asombrados.

Pero antes de que superaran la sorpresa, el sastre hizo su propuesta.

"Dos dinares", dijo tranquilamente.

"¡Dos dinares!", rugió el público. "¿Has escuchado alguna vez algo así? ¡Dos dinares!

"¡Tres!", propuso el mayordomo.

"¡Cuatro!", respondió el sastre.

"¡Cinco!", ofreció el mayordomo, mostrando simplemente su irritación y desconcierto.

"¡Seis!", fue la oferta del sastre.

Así prosiguió el remate hasta que el sastre ofreció ni más ni menos que doce dinares por el pescado. En ese momento el mayordomo desistió de su intento de comprar el pescado, temiendo que su amo pensara que estaba loco si pagaba por él una cifra tan absurda como esa.

El sastre entregó el dinero, recibió el pescado, y se fue a su casa para prepararlo para el festín de vísperas de Iom Kipur.

Cuando el mayordomo regresó a su amo sin traer consigo pescado, y le contó lo que había sucedido en el mercado, el gobernador ordenó que trajeran al sastre judío a su presencia.

"¿Por qué has pagado semejante precio por un pescado?", preguntó el gobernador.

"Hoy es un día sagrado para nosotros, los judíos, señor gobernador", contestó el sastre.

"Es el día anterior a Yom Kipur, cuando nuestro Dios perdona todos nuestros errores si nos arrepentimos con sinceridad. En Yom Kipur ayunamos, pero el día anterior debe ser honrado con comidas especiales. Doce dinares era todo lo que yo había logrado ahorrar, pero cuando se trata de una mitzvá, eso no puede medirse en términos de dinero"

La sinceridad del sastre judío y su devoción hacia su religión impresionaron profundamente al gobernador y éste le dejó volver a su casa sin hacerle daño.

Poco imaginaba el pobre sastre qué recompensa lo esperaba allí. ¡Cuando su mujer abrió el pescado para limpiarlo, encontró en su interior una inmensa perla!

"Dios realmente nos ha recompensado", dijo el sastre.

A partir de entonces vivieron cómodamente por el resto de sus vidas, y cada año, cuando llegaba la víspera de Yom Kipur, la observaban todavía con mayores honores que nunca antes.

Rabi Shimón y la piedra preciosa

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Rabi Shimón y la piedra preciosa

Hace muchos años vivía un rabino llamado Shimón Ben Shetaj. El rabino tenía muchos alumnos que venían a estudiar con él Torá ya que era muy sabio. Disfrutaba mucho de estudiar, pero para poder conseguir el sustento para mantener a su familia trabajaba en el campo.

Todos los días al terminar sus estudios iba al campo a trabajar en la recolección del algodón llevando sobre su espalda lo cosechado al dueño del lugar. Según el peso del algodón que llevaba era la paga que le correspondía.

Como el trabajo era muy pesado, tampoco era mucho lo que lograba cargar y era poco el dinero que recibía.

Un día pasaron sus alumnos y vieron el trabajo duro que tenía Rabí Shimón Ben Shetaj y cada uno se quedó pensando:

-El Rabino siempre hace tanto por nosotros, qué podremos hacer por él?

Al final tuvieron un gran idea. Decidieron comprarle un burro, para que pueda cargar más algodón cada día, así su paga sería mayor.

Los estudiantes fueron al mercado y uno de los vendedores tenía un burro fuerte y muy trabajador para ellos. Les dijo: este es el burro más fuerte y fiel que tengo. Seguidamente el burro asintió con su cabeza. Entonces lo compraron y se lo llevaron de regalo al rabino.

Rabí Shimón se alegró mucho, agradeció y bendijo a sus estudiantes. De repente distinguió una cadena que tenía el burro con una piedra grande y preciosa. Quedaron todos sorprendidos y maravillados de esto. Los alumnos le dijeron que era una recompensa por su sabiduría y sus buenas acciones.

Pero Rabí Shimón no se alegró, miró a sus alumnos y les dijo: Ustedes, me compraron un burro, no una piedra preciosa, seguro el vendedor se olvidó que estaba la piedra sobre el burro. Debemos llevarle la piedra de regreso.

Los estudiantes junto al rabino fueron al mercado, regresando la piedra preciosa. El vendedor agradeció la honestidad y rectitud de Rabí Shimón Ben Shetaj.

"Regresar algo perdido es una gran Mitzva, muchas gracias que nos permitió cumplir este precepto".

El sabio y el rico

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El sabio y el rico

Una vez llegó un hombre sabio a una ciudad. Las personas le contaron que en esa ciudad vivía un señor muy rico, a quien le gustaba recibir a todos los visitantes, tratandolos muy bien y ofreciendoles comida deliciosa.

Entonces el hombre sabio pensó: "Iré yo también a la casa del hombre rico". Pero el sabio decidió presentarse con ropas viejas, gastadas y rasgadas.

Al llegar a la casa del hombre rico, tocó la puerta y escuchó pasos acercandose, sin embargo demoraron mucho en abrir la puerta. Cuando la puerta se abrio, no lo recibieron de manera amable, ni siquiera le ofrecieron una silla para sentarse, vo la comida en la mesa, pero nadie lo invitó a servirse.

Cansado de sentirse ignorado, el hombre sabio decidio marcharse, se dirigio a la puerta y nadie le dijo nada.

Al día siguiente decidio hacer una prueba, se vistió con ropas bellas y nuevas y regresó a la casa del hombre rico. Está vez fue recibido por el dueño de la casa con gran respeto. Lo invitó a sentarse a su lado en la mesa y lo honraron con todo tipo de manjares.

El hombre sabio decidió darles una lección. Se sentó sobre la alfombra y comenzó a guardar la comida en los bolsillos de su vestimenta.

¿Qué estás haciendo?- le preguntó el dueño de casa sorprendido.

A lo que el hombre sabio le respondió: Ayer vine con mis ropas gastadas y viejas y no te acercaste a mi y ni una migaja de pan recibí. Hoy me recibes y brindas todo tipo de manjares por mi bellas ropas.

Por eso yo las honro a ellas, ya que gracias a mi bella vestimenta recibí todas las buenas cosas que me has brindado hoy.

Con pena y dándose cuenta de su comportamiento incorrecto, el dueño de la casa agachó su cabeza y se disculpó.

Billetes o piedras

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Billetes o piedras

El señor Jaime era un hombre de negocios, dueño de una fábrica de calcetines. Un día se puso a pensar en la enorme fortuna que gracias a Dios había logrado y decidió subir al techo de la fábrica para observar en toda su magnitud, como sus trabajadores empaquetaban y subían las cajas de calcetines a los camiones que los llevarían a las diferentes ciudades del país.

Muy feliz se sentía el señor Jaime, tanto que ni se dio cuenta que un fuerte viento cerró la puerta que le permitiría bajar del techo. Cuando quiso bajar, se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada por dentro, la altura hacía imposible descender de cualquier otra forma.

El señor Jaime era un hombre inteligente, así que rápidamente ideó un plan para llamar la atención de sus trabajadores para que fueran a rescatarlo, les gritó muy fuerte "¡Auxilio!" pero no lo escuchaban, probó gritando por su nombre a cada trabajador que reconoció, pero ellos miraban para cualquier parte, menos hacia donde él estaba.

Entonces se le ocurrió lanzar dinero, abrió su maletín y dejó caer cientos de billetes, se imaginó que sus empleados se iban a preguntar "¿De dónde viene el dinero? Alguien lo debe haber dejado caer..."

Pero grande fue su decepción cuando los trabajadores recogieron el dinero muy entusiasmados celebrando su buena suerte, sin siquiera preguntarse de dónde venía el dinero.

Entonces el señor Jaime ideó otro plan, recogió pequeñas piedras del techo y comenzó a lanzarlas a los trabajadores, inmediatamente levantaron sus cabezas reclamando "¿Quien está tirando piedras?" Miraron hacia el techo de la fábrica y vieron al señor Jaime saltando de alegría.

Esta historia representa cómo nos relacionamos con Hashem, Él nos da vida, sustento, seres queridos y muchas otras bendiciones, pero muchas veces creemos que solo es suerte o ni siquiera lo valoramos, entonces Hashem tiene que utilizar otra estrategia para conectar con nosotros, nos lanza pequeñas piedras.

¿Y tú, qué prefieres? ¿Billetes o piedras?

El secreto de las Jalot

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El secreto de las Jalot

Cada día viernes la mamá de Nili está en su cocina y prepara una masa dorada y suave. Sonríe frente a su bandeja y sus labios entonan una canción.

Todos los viernes está Nili en la cocina en silencio, observando los movimientos suaves al amasar y escuchando como su mamá también canta y los pajaritos las acompañan con su melodía desde afuera.

La mamá de Nili pone dos trenzas en el horno caliente, y en pocos minutos el aire se impregna de su aroma y cuando salen del horno las jalot frescas, Nili siente que la santidad del Shabat ingresa en sus corazones.

En la noche del viernes se ponen las Jalot en la mesa de Shabat, y todo el que prueba de ellas se llena de felicidad y amor inmediatamente. Todos sienten en sus bocas un sabor especial, como del jardín de Edén. Entonces le preguntan a la mamá todos al unísono: ¿Qué es lo que pones a las jalot, qué tienes en tus manos?

Ella les contesta sonriendo: "Hay algo aquí muy especial, las especias de Shabat".

Un viernes frío y lluvioso, estaba la mamá de Nili en la cocina. Ella cocinó y cocinó y el tiempo pasó y se olvidó que la harina se terminó, y cuando quiso hornear las Jalot vio que ya era tarde. Con gran decepción se dio cuenta que no iba a llegar a preparar la casa y hornear las jalot.

La mamá le dijo a Nili: Ve rápido a la tienda, debes comprar las jalot, antes que cierre. Nili la escuchó con tristeza, ya que toda la semana ella espera al Shabat para probar la jalá especial de su mamá.

De repente Nili tuvo una idea: Yo vi muchas veces como mi mamá horneaba las jalot. Yo se casi exactamente como preparar jalá para Shabat, y puedo prepararla en lugar de mi mamá.

Corrió Nili rápidamente a la tienda de comida antes que cerrara. Compró harina, levadura y huevos. Luego le preguntó al vendedor: ¿Tiene usted las especias de Shabat?

El vendedor se rió y confundido le dijo a Nili: Ese es un condimento muy especial y está agotado. Pero para que no estés triste te daré a ti un dulce de color amarillo. Tomó Nili el caramelo, pagó por los ingredientes que compró, corrió a su casa y todo el camino muy afligida se preguntó: ¿Cómo prepararé la jala con ese sabor tan especial, si no tengo las especias de Shabat?

Al llegar Nili a su casa fue a la cocina directamente, con mucho cuidado ya que su mamá recién había limpiado los pisos de las escaleras. Comenzó Nili a mezclar y amasar con suavidad y emoción. Agregó cada uno de los ingredientes como aprendió de su mamá, cantando canciones de Shabat. Dejó la masa reposar, mientras tanto se sentó a cuidarla en la cocina.

Cuando la mamá entró a la cocina vio a Nili muy preocupada, y le preguntó qué le pasaba. Nili le contó que no tenía las especias de Shabat para preparar la jalá. Y le relató todo lo sucedido. Acerca de su decepción porque no estaban las Jalot y que había decidido hacerlas ella misma, que compró los ingredientes, los mezcló, amasó, esperó que leudara. Ya había decidido pedirle a sus papás que la pusieran en el horno. Solo le faltaba el condimento especial de Shabat.

Su mamá se sonrió de una manera única y le dijo: Yo te daré las especias de Shabat. En el momento que preparas la jalá, desde tu corazón debe salir una plegaria con mucha devoción, y decir "Lijvod Shabat Kodesh, Shabat Hamalka", (En honor a la Santidad del Shabat, la Reina Shabat).

"¿Ese es todo el secreto?" "¿Eso es lo especial?" "¿Esas son las especias del Shabat?" Preguntó Nili y su mamá con una sonrisa le contestó.

¡Qué linda se ve esta masa! Ahora juntas desde el corazón vamos a agregar las especias de Shabat. La mamá de Nili cerró los ojos y Nili la siguió, y juntas casi en silencio, las dos agregaron las especias de Shabat. Logró hacer Nili dos trenzas hermosas de la masa, y la mamá las puso en el horno. Pasó media hora, justo antes que entre el Shabat, y la casa se impregnó de ese aroma tan único. La mamá sacó las dos trenzas, frescas, doradas, maravillosas.

Cuando las pusieron en la mesa se veían muy bien, y todas las personas de la familia, cuando las probaron acordaron que esta vez tenían las jalot algo mucho más especial, y solo Nili y su mamá conocían el secreto. Esta vez tenían las jalot el doble del condimento único del Shabat.

Sobre un pie

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Sobre un pie

Hilel y Shamai eran dos sabios muy importantes en su época. Pero eran muy diferentes uno del otro. Hilel era suave y flexible en sus respuestas, su rostro siempre resplandecía.
Shamai era estricto y duro en sus contestaciones y de cara firme.

Cuando alguna persona llegaba a ellos para pedirles ayuda, sus respuestas siempre eran diferentes.

Por ejemplo una vez llegó una persona no judía frente a Shamai y le preguntó :

-¿Es que puedes enseñarme la Torá toda mientras que yo estoy parado en un solo pie?

Shamai frunció su ceño, y lo echo del edificio, sin decirle una palabra.

Fue entonces la misma persona hasta Hilel y le preguntó:

¿Y Tu, puedes enseñarme la Torá toda mientras estoy parado en un solo pie?

Sonrió Hilel y le dijo:

– Escucha bien, lo que tu odias que te hagan, no se lo hagas a las demás personas, esa es toda la Torá en un solo pie. Para el resto ve y estudia.

Hilel, un estudioso de la Torá

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Hilel, un estudioso de la Torá

Cuenta el Talmud acerca de los comienzos de los días del sabio Hilel, en la época del Beit Hamidrash de Shemaia y Avtalion. Hilel era un hombre simple y se esforzaba duro para conseguir su pan.

Todos los días salía a trabajar y del dinero obtenido una parte la usaba para su familia y otra le pagaba al cuidador del Beit Hamidrash, la casa de estudios más importante para poder escuchar una clase de Torá.

Era un viernes, y era el invierno. En Jerusalén hace mucho frío y en ocasiones cae nieve. Y ese día no consiguió ningún trabajo para ganar su sustento. Hilel estaba muy preocupado de como iba hacer para escuchar un poco de las enseñanzas de la Torá esa noche.

Llegó a la puerta del Beit Hamidrash y le suplicó al cuidador que lo deje entrar, pero no lo logró. Dio vueltas por el Beit Hamidrash y de repente vio una ventana en el techo e Hilel pensó que bajo esa ventana eran las clases de Shemaia y Avtalion. Es así que se subió al techo y por ese lugar pudo escuchar las palabras de Torá.

Fueron pasando las horas y comenzó a caer la nieve sobre Hilel, pero aun asi se quedó toda la noche escuchando desde afuera, en el techo, sobre la ventana. Las personas regresaron tarde en la noche a a sus casas. Pero Hilel estaba ahí, no tenía frío y se quedó pensando en las enseñanzas que había escuchado.

A la mañana siguiente de aquel helado viernes, en shabat, después de que habían estudiado toda la noche, Shemaia le dijo a Avtalion: “Que oscuro que está el salón esta mañana”, y al mirar por la ventana, vieron que el cuerpo de un hombre cubierto de nieve obstruía la entrada de la luz. Salieron de inmediato y se encontraron con el cuerpo medio congelado de Hilel.

A pesar de que era Shabat, lo recogieron e hicieron un fuego para calentarlo, untándolo después con aceite y ofreciéndole abundante comida. Dijeron ellos: “Hemos roto el Shabat, pero hemos salvado una vida que guardará muchos Shabatot por el que acabamos de romper.”

Desde ese día Shamaia y Avtalion hicieron que Hilel sea parte de la casa de estudios. Pasaron los años e Hilel pasó a ser uno de los grandes sabios de Israel por todas las generaciones y nunca se olvidó de esa noche fria que las enseñanzas de la Torá le dieron calor y fuerza a su cuerpo.

Hubo una vez una melodia

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Hubo una vez una melodia

Cuenta el relato que Rabí Baal Shem Tov fue la chispa que salvó a muchas familias de hundirse en la oscuridad y el vacío y así la chispa se convirtió en una inmensa llama que vencía las tinieblas.

Era conocido dentro de su comunidad como un hombre muy piadoso, justo y bondadoso. Se decía que Hashem escuchaba sus palabras cuando hablaba.

Desde entonces, cada vez que el gran Rabí Baal Shem Tov veía que se acercaba un decreto muy malo al pueblo judío, tenía la costumbre de ir a sentarse en un rincón determinado del bosque; allí encendía un fuego, recitaba una determinada oración con una especial melodia y se realizaba el milagro, desaparecía la desgracia.

Años más tarde, cuando su discípulo, el célebre Maguid de Mezritch, debía intervenir ante el cielo por idénticos motivos, se iba al mismo rincón del bosque y decía: "Señor del universo, escucha".
v "Yo no sé encender un fuego, pero todavía soy capaz de recitar la oración". Y se realizaba el milagro.

Posteriormente, el rabí Moshé Leib de Sasov, para salvar a su pueblo, iba también al bosque y decía: "Yo no sé cómo encender un fuego, tampoco me sé la canción, pero puedo localizar el rincón y esto debería bastar". Y bastaba, también allí se realizaba el milagro.

Luego le llegó el turno de enfrentarse ante las amenazas al rabí Israel de Rizhyn.

Sentado en su sillón, ponía su cabeza entre las manos y tarareaba unas palabras: "Yo soy incapaz de encender un fuego, no conozco la oración y ni siquiera puedo localizar el rincón en el bosque. Lo único que sé hacer es cantar la melodia"

Y este es nuestro tiempo, nosotros no sabemos prender el fuego, y nunca aprendimos la oración. Tampoco sabemos el lugar en el bosque, ni tampoco sabemos la melodía de esa historia. Pero hay una cosa y seguramente no es suficiente, pero al menos es algo. Nosotros sabemos que hubo una vez una melodía.

Y dicen que a Hashem le gustaba tanto esta historia, que con que una persona la cuente, Él está contento y complacido.

Este relato aparece en varias recopilaciones, y como la mayoría de los relatos se fueron transmitiendo de rabino a rabino, de generación a generación sin poder aseverar su origen pero con una fuerza increíble.

El Rey Salomón y la abejita

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El Rey Salomón y la abejita

El rey Salomón, tercer rey de Israel, vivía en su hermoso palacio rodeado de jardines y flores muy coloridas y de buen aroma.

Un día mientras el Rey estaba sentado en sus jardines pensando en grandes proyectos, sintió un gran dolor en su nariz. "¡Ouch!" Gritó el Rey Salomón, tocándose su roja nariz.

"¡Creo que fui picado por una abeja imprudente!" dijo el Rey

Es muy importante recordar que el Rey Salomón, reconocido por su sabiduría sabía hablar el lenguaje de los animales también. Entonces se dirigió a una joven abeja que estaba cerca de una flor.

"¿Por qué le hiciste esto a mi nariz?"

La pequeña abejita quería esconderse y desaparecer. Pero con mucha valentía le respondió:

"Su Majestad! Esto es lo que sucedió. Yo estaba volando por los árboles frutales, y de repente vi la flor más hermosa de este jardín real. Volé rápidamente para llegar a ella, pero su nariz se apareció en mi camino. Sin querer me choque y lo piqué" respondió con mucha pena la abeja.

El Rey salomón todavía dolorido, pero se sonrió y dijo: "Muy honesta y valiente eres. Te perdono por eso"

La abejita le respondió: "Muchas gracias Su Majestad! Algún día espero poder devolverle su generosidad".

El rey pronto se olvidó de la abejita, ya que la vista de la Reina de Saba estaba por suceder. Ella conocía acerca de la sabiduría del rey y quería ponerle una prueba para confirmarla.

Hizo que sus sirvientes trajeran 40 ramos de hermosas flores, pero de esos ramos solo un ramo era de flores verdaderas, las demás eran muy bellas pero artificiales.

"Ahora Su Majestad, frente a usted hay 40 ramos de flores, pero solo uno es hecho de flores naturales. Mírelas y dígame cuál es".

El Rey quedó paralizado. Cada ramo era igual al otro. Era una prueba muy difícil. Quiso acercarlas pero la Reina no lo permitió. El rey seguía muy preocupado, porque sin poder estar cerca y sentir su perfume iba ser casi imposible descubrir la verdad.

De repente escucho un zumbido cerca suyo, era la pequeña abeja que tiempo atrás pico su nariz. Nadie prestó atención en su presencia que señalaba el ramo de flores reales.

El Rey Salomón señaló las flores. Y mirando con una sonrisa a la abeja, le sonrió agradeciendo su ayuda y presencia.

Cuentan los sabios que el Rey Salomón nunca olvidó que cada criatura y ser viviente tenía algo para contribuir a la creación.

La pared Occidental

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La pared Occidental (Hakotel Hamaaraví)

Hace muchos años atrás en la ciudad de Jerusalén, durante el reinado del Rey Salomón, se realizó la construcción del Templo Sagrado, el Beit Hamikdash, un lugar para la plegaria de todo el pueblo de Israel.

Comenzaron a buscarse grandes piedras y árboles fuertes para el Templo. Todos los reyes de los países vecinos también ayudaron enviando arboles y piedras.

Una noche el rey Salomón tuvo un sueño muy extraño. En el sueño se le aparecía un ángel y le decía:

Salomón, Rey de Israel. Este Beit Hamikdash debe ser para todo el pueblo de Israel, por eso todos los habitantes deben participar en su construcción de acuerdo a sus posibilidades.

Al levantarse el Rey Salomón recordó sus sueño, y pensó cuan justas eran las palabras del ángel. Entonces el Rey Salomón juntó a todo el pueblo, los ricos y los pobres, los ministros y los oficiales, los Cohanim y los Levim y les dijo:

Pueblo de Israel, quiero cumplir con el mandato de construir un Templo para todo el pueblo de Israel, y es por eso que quiero que todos participen, construyendo con sus propias manos de acuerdo a sus posibilidades.

Entonces el Rey escribió en cuatro papeles: Norte, Sur, Este y Oeste.

Cada grupo escogió un papel: las personas ricas del pueblo sacaron el papel que decía Este, y Salomón los envió a construir la pared oriental. Los oficiales y ministros sacaron el papel que decía Norte y el Rey los envió a construir esa pared.

Los Cohanim y Levim sacaron el papel que decía Sur y el rey les dijo: Ustedes construirán la pared Sur.

Las personas pobres del pueblo sacaron el papel que decía occidente y el Rey Salomón los mandó a construir la pared occidental.

El trabajo comenzó y los ricos, oficiales, ministros, los Cohanim y los Levim contrataron trabajadores especializados para que construyan bien y rápido lo que les correspondía a cada uno.

Ellos pagarían por un trabajo muy bien diseñado y construido con mucho cuidado. El grupo de personas pobres del pueblo no podían pagar a constructores por su trabajo, pero también querían un trabajo bien hecho. Así que observaron como construían los expertos y fueron haciendo su parte de manera cuidadosa y muy bien terminada también.

Todos participaron en su construcción con mucha alegría y orgullo de realizar su parte en la construcción del Templo de Jerusalén, los hombres, mujeres y niños.

Los oficiales y ministros, las personas ricas y los Cohanim y Levim terminaron primero su trabajo, las paredes sur, norte y oriental estaban listas. Las personas pobres fueron los últimos.

Cuando estuvo listo, cuenta la historia que Dios le dijo a sus ángeles: "Que bella es mi casa, el Beit Hamikdash de Jerusalén. Pero de todas sus partes, es la muralla occidental, la más preciada para mi ya que la construyó el pueblo con sus propias manos".

Muchos años después cuando el Templo fue atacado por los enemigos de Israel, los ángeles con sus alas protegieron el Kotel Hamaaraví, para que no sea destruida. Y aunque el Templo fue quemado y destruido, el muro quedó, hasta hoy día fuerte y erguido en la ciudad de Jerusalén.

Rabí Akiva y Rajel

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Rabí Akiva y Rajel

En sus comienzos era Akiva pastor de Kalba Sabúa, un hombre muy rico y generoso. Kalba Sabúa tenía una hija muy hermosa y justa, llamada Rajel. Vio Rajel, que Akiva era un hombre sencillo pero muy honesto y le preguntó:

"Si me caso contigo, ¿irás a estudiar la Torá?"

Si, contestó Akiva, el pastor.

Después de eso se comprometieron en secreto.

Cuando Kalba Sabúa se enteró, expulsó a su hija de la casa y prometió desheredarla.

Rajel y Akiva se casaron igualmente y eran muy pobres, tan pobres que en el invierno dormían en un pajar. Akiva miró a Rajel y le dijo:

"Si pudiera, te regalaría una medalla de Jerusalén de oro".

A lo que Rajel respondío:

"Para mí seria más valioso que fueras a estudiar en el Bet Hamidrash, como prometiste"

Fue Akiva y estudió con los grandes maestros de aquella generación. Durante doce años estudió y reunió a doce mil estudiantes. En ese momento decidió volver a casa, pero antes de entrar escuchó a su esposa diciendo:

"Sí mi esposo viniera le diría que puede irse por doce años más"

Entonces se dio media vuelta y regreso a estudiar. Luego de veinticuatro años, regreso a casa con veinticuatro mil estudiantes.

Cuando el pueblo supo que un gran sabio venía a visitarlos, salieron todos a su encuentro, y también Rajel.

Las vecinas dijeron a Rajel:

"Toma prestadas ropas finas para estar muy hermosa delante de tu esposo".

Pero ella les respondió:

"Conoce el justo el alma de su animal doméstico" Una cita de proverbios.

Rajel se acercó a él y cayó al suelo para besarle sus pies. Los discípulos del maestro quisieron alejarla, pero Rabí Akiva les dijo:

"Dejenla. Mi Torá y la vuestra, a ella se la debemos todos".

Kalba Sabúa se enteró que un Rabino muy importante llegó a la ciudad. Y sin saber que era el esposo de su hija Rajel, pensó: "Iré a verlo, así tal vez este gran sabio sea capaz de anular lo que prometí hace años con mi hija".

Le dijo Rabi Akiva a Kalba Sabúa : "¿Si hubieras sabido que el esposo de tu hija se convertiría en un hombre importante, hubieras hecho esa promesa?"

Le contestó Kalba Sabúa: "Si él hubiese sabido un solo capítulo o una sola ley no hubiese hecho yo la promesa".

Le dijo entonces Rabi Akiva: "Yo soy aquel hombre, tu promesa queda anulada".

Entonces se abrazaron después de mucho tiempo.

El tesoro bajo la estufa

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El tesoro bajo la estufa

Una mañana, el piadoso Rabino Eizik Ben Jekl de Cracovia despertó sobresaltado, habia tenido un sueño de los más particular, en su sueño le aconsejaban viajar a la ciudad de Praga y excavar debajo del puente que conduce hacia el palacio real, pues allí encontraría un gran tesoro escondido para él.

Ese sueño se repitió varias noches, tanto fue que el Rabino decidió viajar a pie a la capital de Bohemia. Cuando llegó al puente, vio allí a un guardia real caminando de ida y vuelta. Todo el dia se quedó el rabino buscando el momento oportuno para empezar a excavar.

El guardia notó la presencia del rabino y comenzó a sospechar de sus intenciones, es por esto que se acercó y le preguntó sobre el motivo de su visita. El rabino con temor le reveló toda la verdad con respecto a su sueño y su deseo de comprobar si era cierto.

El guardia estalló en risa.

"¿Quieres decir que tú has recorrido un camino tan largo por un sueño?"

-Parece que ese es el destino de aquella gente que cree en ellos. Si yo creyera, también ya hace tiempo tendría que haberme ido a la ciudad de Cracovia, buscar la casa de un judio llamado Eizik Ben Jekl y excavar debajo de su estufa, ya que según mi sueño allí se encuentra un tesoro muy importante. ¡Eizik Ben Jekl!

"La mitad de los judíos de esa ciudad se llama Eizik y la otra mitad se llama Jekl. Eso significaría que tendría que excavar debajo de cada casa de la ciudad!"

Así habló el guardia y no dejó de reír. Cuando Eizik Ben Jekl escuchó sus palabras, se despidió de él y regresó a su casa. Apenas llegó, excavó una fosa bien profunda debajo de su estufa y descubrió allí un tesoro de mucho valor, con el que construyó una sinagoga, que siguió existiendo durante muchos años.

Este cuento se basa en la enseñanza del Talmud que dice "Un sueño que no es interpretado es similar a una carta que no es leída".

Parientes cercanos

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Parientes cercanos

Aquel hombre llegó a la ciudad de Berdichev lleno de esperanza. Había hecho un largo viaje, que le costó todo el dinero que tenía, pero pensaba que valía la pena, pues estaba por recuperarlo, y además alzarse con la suma que necesitaba tan urgentemente.

Tocó la puerta de aquella casa, y lo atendió su dueño.

El hombre preguntó si el dueño de la casa responde al nombre que le dieron, a lo que recibió una respuesta afirmativa.

"¿Puedo pasar? He venido de muy lejos, y necesito hablar con usted".

"Adelante. Dígame de qué se trata".

Cuando estuvieron sentados uno frente al otro, el hombre empezó a hablar: "Vivo en una aldea muy lejana de aquí, donde me cuesta mucho conseguir mi sustento. Y ahora, por un lado tengo que agradecer a Hashem que mi hija se ha comprometido. Pero por otro lado, no tengo el dinero para casarla...".

El dueño de la casa se quedó en silencio, mirándolo como diciéndole: "¿Y?".

Entonces el hombre prosiguió:

"Tengo entendido que usted es mi pariente, y además Hashem le dio una posición económica acomodada, por lo que es el presidente de esta Comunidad".

"Por eso he venido a apelar a su generosidad, para que me proporcione la suma que necesito".

"¿Cuánto es lo que necesita?".

"Sesenta mil rublos…".

"¡Sesenta mil rublos!" repitió el dueño de casa mientras se levantaba de su asiento, "¡Eso es mucho dinero!" Y dígame: "¿Por qué dice usted que somos parientes?".

El hombre le explicó la relación familiar que los unía, y luego el dueño de casa dijo:

"Bueno. No somos parientes tan directos que digamos… Tenemos un vínculo de quinta generación…".

Lo pensó un poco y agregó: "En vista de ello, le voy a dar sólo una quinta parte de lo que me pidió: Doce mil rublos".

"¡Pero no me va a alcanzar! ¡Si no reúno esa suma no podré casar a mi hija!".

"No discutamos. O la toma, o la deja".

El hombre se levantó, y respondió apesadumbrado:

"No, gracias…" y se retiró inmediatamente.

Desesperado, sin saber que hacer, se le ocurrió ir a la casa del Rab de la ciudad: El renombrado tzadik Rabí Leví Izjak de Berdichev, el "Baal Kedushat Leví". Cuando estuvo allí, le contó al Rab todo lo que había pasado. Luego de escucharlo, el Rab le dijo:

"Déjalo por mi cuenta. Mañana es el primer día de Selijot, y tengo una idea que puede solucionar tu problema".

Al día siguiente, todos los hombres de la ciudad se dieron cita en el Bet Hakneset a la madrugada, para dar comienzo al primer día de Selijot. Estaban todos, pero extrañamente el Rab aún no había llegado. Esperaron un rato, y el presidente de la comunidad se preocupó por la tardanza del Rab, por lo que tomó la decisión de ir personalmente a su casa a ver qué le pasaba.

Tocó la puerta, y lo atiende el Rab.

"¡Rabí! Pensé que le había pasado algo. Lo estamos esperando para comenzar a recitar los Selijot".

"No voy a ir", anunció el Rab.
"¿No va a venir? ¿Es que no se siente bien o hay algún problema?".

"No. No es eso. No voy a ir porque Hashem no va a escuchar nuestros pedidos".

El hombre se quedó perplejo.

"¡Jas Veshalom! ¿Por qué dice usted eso, Rabí?".

"Te voy a explicar: En los Selijot, nosotros le hacemos a Hashem muchos pedidos, e invocamos el nombre de Abraham Abinu. Imagínate: ¿Cuántas generaciones hay desde Abraham Abinu hasta hoy?

¡Cientos de generaciones!"

¡Tú le quisiste dar a una persona la quinta parte de lo que te pidió, porque es pariente tuyo de quinta generación! Con ese criterio, ¿cuánto nos tocaría a nosotros, de lo que le pedimos a Hashem por ser hijos de Abraham Abinu? ¡Una parte insignificante! ¡No! ¡No vale la pena ir a Selijot!".

El hombre captó el mensaje, y bajó la cabeza avergonzado. Entonces el Rab lo tomó del hombro, y le dijo:

"Hijo mío: Todos los Yehudím somos parientes cercanos, y este hombre, aunque no te una a él ningún vínculo familiar, es tu hermano, por lo que debes ayudarlo a casar a su hija. Demuéstrale a Hashem que aunque pasen las generaciones, todos los integrantes del Am Israel somos como un solo cuerpo, con un solo corazón, y cuando invoques los nombres de Abraham, Izjak y Iaacob, te dará todo lo que le pidas...".

¿Quién hizo todo esto?

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¿Quién hizo todo esto?
Extraido de Maase Abot, Relatos jasídicos.

En un país lejano, muy lejano, vivía un rey que era bondadoso con los judíos y los habitantes de aquella nación no los molestaban por el hecho de ser judios.

El rey vivía tan bien con ellos por una razón: había dedicado mucho tiempo a la lectura de libros hebreos, y a otros que trataban sobre los judíos y sabía bastante de Torá.

Admiraba en secreto el amor con que los judíos vivían entre sí, su paz, su armonía. Por eso el rey había elegido como amigo intimo nada menos que al Rabino de la Comunidad.

A menudo el rey llamaba a su amigo a su oficina privada, donde discutía con él sobre toda clase de temas, pero especialmente sobre filosofía y religión. El rabino, que era profundo conocedor de la Torá, contestaba todas sus preguntas, resolvía sus dificultades y le explicaba los conceptos confusos.

Un día el rey lo llamó para preguntarle sobre algo que lo preocupaba.

"Estudiando vuestra religión aprendí que para ser un judío ortodoxo hay que creer en un Dios, Creador de la tierra y del cielo. Y, mi querido erudito, antes de Creer en Dios debemos estar seguros que existe. ¿Por qué aceptar su existencia?

Y si lo aceptamos ¿por qué creer que, fue Él quien hizo el universo? ¿Por qué no poder decir que se hizo sólo? ¿Qué pruebas puede darme usted de que realmente Dios creó el mundo?"

El rey, entusiasmado por sus propias palabras, se inclinó ligeramente hacia su interlocutor. Accidentalmente volcó con el codo un tintero que se encontraba sobre el escritorio, manchando varios papeles blancos que estaban allí apilados. El soberano pegó un salto, murmurando algo sobre su propia torpeza. Avergonzado por su descuido no llamó a sus criados, pidiendo disculpas a su amigo por abandonarlo unos momentos.

Ni bien el rabino quedó solo tuvo una idea brillante. Rápidamente pasó al otro lado de la mesa, tomó los papeles manchados y los arrojó al canasto. Luego, sobre una hoja limpia comenzó a dibujar un paisaje con montañas, árboles, y casitas. Debido a su habilidad en el dibujo logró terminarlo en poco tiempo.
Lo colocó al lado del tintero volcado dando así la impresión de que aún goteaba tinta sobre el papel. En ese preciso instante el monarca regresó a la habitación y pidió perdón al Rabino por haberlo hecho esperar tanto tiempo. En el momento en que iba a tirar los papeles del escritorio, vio el dibujo bajo el tintero volcado.

"¿Qué es esto?", preguntó. "¿Cómo llegó aquí?"

Estaba sorprendido al encontrar un hermoso paisaje en el lugar en que recordaba haber dejado unos cuantos papeles manchados. Como entendía mucho de arte, notó que estaba hecho por una mano hábil.

El rabino sonrió, mientras decía: "¡Oh, no es nada! Se hizo solo". "Al caer la tinta, los papeles se mancharon de ese modo".

"¡Por favor!" exclamó el rey. "Usted no puede decir esas tonterías. ¿Cómo puede sugerir algo así?
Nada se hace solo. ¿Así que estas montañas, los árboles, y la simpáticas casitas se han hecho solas? ¡Es claro como el día que alguien ha hecho este dibujo!"

"Bueno" admitió el rabino "Acompáñeme por favor a la ventana, quisiera mostrarle algo".

Ambos se asomaron a la ventana, que daba a los jardines del palacio y de la cual se tenía una vista de la ciudad y de las montañas. Señalando los altos árboles, el sabio judío dijo: "Su majestad, podría usted decirme de dónde han venido estos magníficos árboles? ¿Y quién creó las montañas? Observe ese jardín, mire esas fragantes flores. ¿Quién las ha hecho? ¿Cree Ud. posible que se hayan hecho solas?"

"Claro que no. Usted mismo dijo hace un momento que nada se hace solo. ¿verdad?"
"SI, su alteza, yo he dibujado el paisaje que encontró en el escritorio. Lo he hecho con el fin de contestar a la pregunta que me había formulado".

"Le he probado que Dios existe; porque sino ¿Quién hizo los cielos, el sol, las estrellas, quién llenó los océanos y formó las montañas sino El?" y continuó "No sólo creó Dios el universo hace miles de años, sino que lo mantiene existente en este mismo momento".

El monarca quedó satisfecho e impresionado con la respuesta. Le preguntó entonces qué podía hacer por él en agradecimiento a su brillantez.

Y el erudito hebreo repuso: "Lo único que puedo pedir a su majestad es que siga mostrando su benevolencia hacia mi pueblo, como lo ha hecho hasta ahora, permitiéndole seguir adorando a Dios como lo indica la Torá".

Amén y milagros

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Amén y milagros
Extraído de "Sólo una palabra: Amén"

Un alumno del Rab Elie Lopián, acompañó una vez a su Rab en un viaje en tren desde Jerusalén a Haifa. Luego de recitar Tefilat HaDerej, Rab Elie se disculpó y se ausentó unos instantes. A los pocos minutos regresó y le pidió a un policía que estaba parado a su lado que reuniera a todos sus colegas, que viajaban con él. Cuando estuvieron todos a su alrededor, Rab Elie anunció:

"Ahora voy a recitar la bendición de Asher Yatzar. Escúchenla, y cuando termine, por favor, respondan Amén".

Todos los policías, que no eran religiosos, aceptaron.

Entonces el Rab Lopián comenzó a recitar la bendición en voz alta, lenta y meticulosamente, palabra por palabra. Cuando concluyó, los hombres respondieron Amén al unísono.

A los pocos minutos, hubo una frenada estridente y el tren se detuvo en forma abrupta. Los policías saltaron de sus asientos y salieron rápidamente del tren.

Durante media hora los pasajeros, nerviosos, permanecieron sentados, preguntándose cuál era la razón de la misteriosa demora. Finalmente, el tren empezó a andar nuevamente, y a tomar velocidad. Entonces se abrió la puerta del vagón y los policías regresaron a sus asientos con los rostros rebosantes de emoción.

Los pasajeros, curiosos, rodearon a los policías, exigiendo una explicación y el sargento todavía con voz temblorosa por lo que había presenciado, dijo:

"Descubrimos una bomba en los rieles. Si hubiera explotado, ni ustedes ni nosotros habríamos vivido para contarlo. ¡Nos salvamos por un milagro!".

Los pasajeros miraron a Rab Elie y recordaron cómo había insistido en que todos respondieran Amén luego de su berajá. De repente quedó claro por qué había querido que todos tuvieran ese mérito.

Con el tiempo, uno de los policías relató que le bastó solamente escuchar al Rab recitar aquella berajá para retornar a las fuentes y hacer teshuvá.

La araña del Rey David

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La araña del Rey David

Antes de ser el famoso Rey de Israel, David era el arpista del Rey Saúl. Cierto dia, practicaba una nueva melodía en su arpa. Se estaba preparando para tocarla frente al rey.

De repente una araña cayó frente a sus narices.

"Hola, mi nombre es Beny". Y señalando un rincón del techo, continuó diciendo:

"Nosotros somos vecinos, yo vivo en ese sector y me gusta mucho escuchar cuando tocas el arpa, siempre te sigo".

David y Beny se volvieron amigos. Cuando David tocaba su arpa, Beny tejía su telaraña. Las manos de David y de Beny se movían constantemente.

David un día le dijo: "Beny, tu tejes tu red tan rápido como yo toco el arpa".

Y Beny respondió: "Yo lo hago mucho más rápido".

Tiempo después, el Rey Saúl se enojó con David porque este era muy querido y el Rey se puso celoso.

Yonatán, el hijo del Rey Saúl le dijo: "Debes irte del palacio y esconderte de mi padre".

Esa noche corrió David fuera del palacio y cuando el Rey se enteró salió con sus soldados a perseguirlo. David buscó donde esconderse y después de unos días encontró una cueva.

Muy cansado de escapar entró a la cueva. De pronto al mirar sobre su hombro se encuentra a su amigo araña.

"¡Beny! ¡Qué contento que estoy de verte, amigo!". "Los soldados y el rey me están buscando y yo quiero esconderme, pero no creo que lo logre aquí por mucho tiempo". "Tan pronto vean la cueva, me encontrarán y me llevarán preso".

"David, no tengas miedo", dijo Beny. "Tù descansa y yo mientras tanto voy a tratar de hacer de esta cueva un lugar mucho más seguro…"

David repentinamente se despertó por el ruido de los soldados.

"Ahí llegaron", murmuró con miedo. "No tengo escapatoria".

"Nuestro Rey, ¡encontramos una cueva!", gritaron los soldados

"Muy bien, busquen a David que debe estar escondido", dijo el Rey

David con miedo escuchó pasos, estaba muy quieto, y dijo para sí: "Ya me van a encontrar"

Pero entonces escuchó "David no puede estar aquí. Miren esta red, esta telaraña tan grande... Nadie entró aquí por mucho tiempo".

Y qué fue lo que sucedió: Mientras David dormía, la araña Beny rápidamente tejió la red para que toda la entrada quede cubierta.

Así fue como Beny la araña salvó a David del rey Saúl y sus soldados.

Tiempo después, David fue Rey de Israel.

"Está bien, lo admito", dijo David a su amigo, la araña Beny. "Tú eres más rápido".

"¡Lo sé! ", dijo Beny y sonrió.

Esta divertida historia nos enseña la importancia de la amistad y de tratar a otros con respeto y amabilidad. Cada parte de la creación tiene un propósito y no sabemos cúando algo incluso muy pequeño nos puede librar de grandes problemas.

El niño del Talmud Torá

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El niño del Talmud Torá
extraido de El Baron Rothchild

Siendo aún niño, podía apreciarse en Rab Jaim de Voloshin su aguda inteligencia.
Su padre, Rab Itzjak, uno de los más grandes y adinerados comerciantes del pequeño pueblo Voloshin, tenía estrecha relación con el feudal de ese lugar.

Un día, mientras el pequeño Jaim de 11 años estaba almorzando a su regreso del Talmud Torá, se oyó de pronto el ruido de caballos.

Un carro con cuatro arrogantes corceles se detuvo frente a la casa, descendiendo del mismo el Feudal del lugar que fue muy bien recibido por Rab ltzjak quien lo invitó a pasar a su casa.

Después del saludo y primera conversación, se dirigió el feudal a Rab ltzjak diciendo:
“Hoy no vine a verte por asuntos comerciales, sino simplemente para pedirte opinión acerca de un cálculo complejo, por el cual hace ya muchos días vengo rompiéndome la cabeza sin llegar a conseguir el resultado exacto”.

“A sus órdenes, señor", contestó Rab ltzjak.

“Tú sabes", dice el feudal, "que mi padre falleció hace dos años". "Dejó mucho dinero y riquezas".
"También dejó un testamento que de acuerdo al mismo obramos, repartiendo la herencia como era su voluntad.
Sin embargo, había una cláusula que de ninguna manera podemos cumplir”.
"Se trata de lo siguiente: mi padre tenía diecisiete caballos de categoría, los cuales eran su orgullo ante sus amigos".

Escribe entonces en su testamento que de esos caballos, ni siquiera uno sea vendido, sino que sean repartidos de esta forma:

1) El mayor de los hermanos debe recibir la mitad de los caballos.

2) El segundo hermano recibirá la tercera parte de los mismos,

3) El menor heredará una novena parte.

"Vamos, pues, a repartir los caballos entre los tres hermanos, pero… ¡no hay caso! ¡Es totalmente imposible!"

He aquí mi problema: "Tengo que recibir ocho caballos y medio.

¿Cómo puedo recibir la mitad de un caballo mientras que de acuerdo al testamento no se puede vender ni uno?"

Por otra parte, mis dos hermanos deben recibir una tercera parte uno y una novena parte el otro.

"¿Cómo es posible repartir diecisiete en tres ó en nueve partes?"

La pregunta fue planteada a abogados y jueces y nadie la supo contestar. Se enredan y no encuentran la solución, que nos permita cumplir la voluntad de nuestro padre.

Decidí entonces dirigirme a ti. "Dicen que los judíos son inteligentes, quizá tú encuentres la solución a este problema, o tal vez quieras consultar a tu rabino sobre ello”.

A todo esto el pequeño Jaim que estaba cerca escuchó las palabras del feudal. Cuando éste terminó de hablar el niño intervino diciendo:

“Si yo tuviera uno de los caballos del carro del feudal que está junto a nuestra casa, contestaría de inmediato la pregunta”.

Rab Itzjak enrojeció de vergüenza al escuchar las palabras de su hijo.

Pero el feudal dijo al gracioso niño:

“Si me contestas la pregunta, recibirás uno de los caballos"

Con una amplia sonrisa contestó Jaim:

“Yo no necesito caballos, pero te voy a aconsejar lo que debes hacer". "Toma uno de los caballos de tu carruaje y agrégalo a los diecisiete de la herencia y sumarán dieciocho".

Así podrás cumplir el testamento. El señor feudal tomará para sí la mitad, o sea nueve caballos, quedando nueve. "¿Cuántos debe recibir el segundo hermano?" Una tercera parte, ¿verdad?... Dale seis caballos, o sea un tercio de dieciocho.

"Quedan tres caballos de los cuales darás dos al tercer hermano, que debe recibir una novena parte de dieciocho".

Y de esa forma, tú has recibido nueve caballos, el segundo seis y el tercero dos sumando un total de diecisiete. Es decir que sobra un caballo... "El caballo que habías tomado del carruaje para agregar a los diecisiete"... "¡Retíralo de vuelta!”.

El feudal quedó estupefacto ante la inteligencia del niño.

La cara del padre, resplandecía de orgullo y el pequeño Jaim se escapó alegremente rumbo al Talmud Torá.

El feudal dijo entonces a Rab Itzjak:

“Dios te bendijo con un niño muy agradable y con aguda inteligencia, sería una lástima que sus aptitudes sean desaprovechadas en este pueblito. Debes enviarlo a una gran universidad y estoy seguro que en el futuro será uno de los grandes sabios de la humanidad”.

“Con ayuda del Todopoderoso", contestó Rab Itzjak, "muy pronto lo enviaré a estudiar con uno de los más eminentes en Torá de esta generación". Y mi deseo y esperanza es que con el tiempo sea uno de los más grandes sabios de la Torá”.

Efectivamente R’ ltzjak llevó a su hijo a estudiar con el gran Gaón Rabi Arie Leib quien era en esa época el Rab de Voloshin.

Con el correr del tiempo el niño se distinguió como Gaón y fundador de la mundialmente conocida “Yeshivá de Voloshin”.

Las letras estaban volando

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Las letras estaban volando

En 1988 Rav Moshe fue diagnosticado de un linfoma en el bazo. Los médicos explicaron que en su caso había un dilema operativo: querían emplear la quimioterapia para la reducción del tumor, pero el bazo estaba tan agrandado que no sería efectiva.

Lo mejor que se podía hacer era operar, pero también aquello era demasiado peligroso pues recientemente se le había detectado agua en los pulmones.

Antes de intentar una operación tendrían que esperar hasta el fortalecimiento del rabino.

Entretanto, se eligió la quimioterapia como una medida temporal que al menos podría comprar un poco de tiempo. Debido a este diagnóstico, un pariente del Rav sugirió que se le enviara una carta al Rebe de Lubavitch.

Rav Weiss accedió y, así, pronto se envió una carta por fax pidiendo por él. El pariente explicaba en la carta que Rav Weiss había sido alumno del Minjas Elazar, y mencionaba la importante posición rabínica que ocupaba en Bnei Brak. Si bien la llegada de una respuesta de la oficina del Rebe normalmente tomaba varios días, el Rebe respondió a las pocas horas. Su mensaje decía: "Lo mencionaré en la tumba de mi suegro". El Rebe añadió que Rav Weiss debía revisar sus tefilín y mezuzot.

Esto se hizo de inmediato. Se descubrió que las mezuzot eran pasul, así como los tefilín de Rashi. En cuanto a los tefilín de Rabenu Tam (el segundo juego que se ponía todos los días), el escriba tenía un informe fascinante. Las palabras de los rollos que había dentro de los tefilín de Rabenu Tam eran viejas, pero estaban bien. De hecho, eran hermosas. Las había escrito el rabino Jaim Sofer de Munkatch, un gran escriba a quien muchos rabinos jasídicos acudían en busca de tefilín. No obstante, el sofer que había hecho la inspección determinó que las cajas ya no eran más casher.

Al igual que muchas otras cajas elaboradas antes de la Segunda Guerra Mundial, eran muy grandes y hechas con dakot (cuero de cabra). Debido a que el cuero de cabra es más delgado que el de vaca, es más propenso a perforarse y perder forma. Con el tiempo, las cajas habían desarrollado una falla: ya no eran cuadradas, un requerimiento de los tefilín casher, llamado revuá. Mientras se estaban reescribiendo las mezuzot y los tefilín de Rashi, un proyecto de varios días, uno de los hijos del Rav le prestó a su padre sus propios tefilín.

Desde el momento en que empezó a usarlos, los médicos descubrieron que contrariamente a lo que esperaban, el bazo se estaba empequeñeciendo. Al poco tiempo lo enviaron a su casa. En aquel momento, Rav Weiss recibió sus tefilín, con los viejos rollos en cajas nuevas. Cuando se los puso, de repente las cosas empeoraron. Le diagnosticaron una neumonía y lo llevaron sin demora al hospital Hadasa, demasiado débil para hacerle una quimioterapia.

El pariene del Rav decidió enviarle al Rebe una segunda carta, una actualización de la situación. Y, a las pocas horas, el Rebe respondió. "Oraré por él en la tumba de mi suegro". Y añadió: "Debe revisar sus tefilín". Incrédulo, uno de sus hijos preguntó: "¿Por qué? Acabamos de hacer una inspección". Estaba escéptico y, sin estar familiarizado con el Rebe en aquel entonces, pensaba que el Rebe estaba dando una respuesta estructurada. "Y otra vez, reflexionó, la faxearon tan rápido que el Rebe debe sentirse involucrado personalmente".

Entonces le consultaron a un segundo sofer y, cuando se volvieron a revisar los tefilín, quedaron atónitos con el informe. El sofer dijo que cuando abrió las cajas de los tefilín de Rabenu Tam, las letras estaban literalmente "volando en el aire". ¿Guardaba esto alguna relación con la repentina enfermedad en los pulmones de Rav Weiss? El primer sofer había tomado los preciados antiguos rollos de los tefilín de Rabenu Tam y los había puesto en cajas nuevas. Las cajas contemporáneas más grandes eran más pequeñas que las usadas comúnmente en los tefilín de antes de la Segunda Guerra Mundial. Fue necesario apretar un poco los pergaminos para meterlos en las cajas nuevas y, sin que el primer sofer se diera cuenta, las letras habían empezado a desprenderse de la superficie del pergamino.

De inmediato, se adquirió un juego nuevo de tefilín de Rabenu Tam para el enfermo Rav. ¡Y empezó a sentirse mejor al mismí simo día siguiente! En última instancia, nunca necesitó la operación y a los pocos meses estaba completamente curado.

Tiempo al tiempo

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Tiempo al tiempo

Un campesino, pobre pero sabio, trabajaba la tierra duramente con su hijo.

Un día el hijo le dijo:

-¡Padre, qué desgracia! Se nos ha escapado el caballo.

-¿Por qué le llamas desgracia?, respondió el padre, veremos lo que trae el tiempo…

A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo.

-¡Padre, qué suerte!, exclamó esta vez el muchacho, nuestro caballo ha traído otro caballo…

-¿Por qué te apresuras a llamarlo suerte?, repuso el padre, veremos lo que trae el tiempo…

A la semana siguiente, el muchacho se propuso montar en el nuevo caballo, pero éste, que no estaba domado, se encabritó y arrojó al muchacho al suelo quebrándole una pierna.

-¡Padre, qué desgracia!, exclamó el muchacho, me quebré una pierna. El padre, retomando su experiencia y sabiduría sentenció:

-¿Por qué le llamas desgracia?, respondió el padre, veremos lo que trae el tiempo…

El muchacho, no se convencía de la filosofía de su padre, sino que gemía en su cama. Pocos días después, pasaron por la aldea los enviados del rey, reclutando jóvenes para llevárselos a la guerra. Entraron en la casa del anciano campesino, pero al ver al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.

El joven comprendió entonces que nunca hay que dar como absolutas la desgracia ni la fortuna, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.

La moraleja de este antiguo cuento, es que la vida da tantas vueltas, que lo malo se hace bueno y lo bueno, malo. Es por eso que lo mejor es esperar al día de mañana, pero sobre todo confiar en que todo sucede con un propósito positivo para nuestras vidas.

No se equivoca el pájaro que ensaya el primer vuelo y cae al suelo, se equivoca el que por temor a caerse no abandona el nido y renuncia a volar.

Todos tenemos grietas

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Todos tenemos grietas
Extraído de Relatos para Reflexionar

Shlomi, que estaba en 6 grado, era consciente de sus limitaciones. Había nacido con dificultades en el habla y con una leve desviación en su cadera que hacía que no pudiera caminar bien.

Lógicamente se sentía distinto a los demás, eso era algo que no podíamos evitar en la escuela, pero lo que yo no estaba dispuesto a permitir era que eso lo hiciera sentir menos. Es por eso que cuando Shlomi y su familia debieron tomar la decisión de si continuar en la escuela normal o pasarlo a una escuela de discapacitados, les conté la siguiente historia:

Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad del agua.

Durante dos años completos esto fue así diariamente, desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que había sido creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.

Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguatero diciéndole:

-Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.

El aguatero apesadumbrado, le dijo compasivamente:

-Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino. Así lo hizo la tinaja.

Y en efecto vio muchísimas flores hermosas a lo largo del camino, pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.

El aguatero le dijo entonces:

-¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas. Tú todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recoger estas flores para regalar cada Shabat a mi esposa. Si no fueras exactamente como eres, con todos tus defectos, ello no hubiera sido posible.

Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, pero debemos saber que siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.

Finalmente, Shlomi permaneció en la escuela y junto con unos compañeros crearon la cooperadora de ayuda a los alumnos con problemas. Esto ayudó a los demás chicos de la escuela a ser sensibles a los problemas de sus semejantes. La cooperadora funcionó tan bien que el alcalde de la ciudad lo tomó como proyecto modelo.

Shlomi, sigue estudiando y además, en el marco del proyecto modelo, pasea por las distintas escuelas explicando el proyecto y ayudando a los demás colegios a establecer una cooperadora de ayuda.

El Rambam y el Sultán de Egipto

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¿Cómo se enteró el Sultán de Egipto del Rambam?
(Extraido de "El Rambam")

Hay una leyenda que cuenta cómo conoció el sultán al Rambam, que dice así:

Al llegar el sabio a Egipto, pocas personas sabían de su grandeza y de su saber, si bien bastaba con mirar los nobles rasgos de su rostro para apreciar que irradiaba conocimientos y dignidad.

Un día en que cruzaba la plaza del mercado, atestada de gente, se le acercó un judío y le preguntó:

-¿Puede usted, distinguido señor, indicarme lo que debo hacer?
Guardo en el sótano de mi casa un tonel de miel de abejas de primera calidad. Alguien de la casa bajó al sótano, tomó un poco de miel que puso en un frasco y salió corriendo. En su apuro olvidó tapar el tonel y lo dejó abierto. Días después fui yo a buscar miel. Me encontré con un insecto muerto medio hundido en el contenido del tonel. Quiero saber si está permitido o no comer del resto de la miel.

-Cuando haya sacado el insecto del barril podrá utilizar la miel.
Tras haber dictado su fallo, el Rambam prosiguió, dirigiéndose al hombre que lo escuchaba atentamente:

-Ahora, señor mío, quiero pedirle algo a mi vez. Dentro de un momento los musulmanes saldrán de la mezquita. Espere a que se acerquen y cuando le haga una señal, pregúnteme en voz alta en árabe lo mismo que acaba de preguntarme. Después de que le responda, siga: "En el sótano de mi casa hay un barril de vino. Un árabe que pasó cerca del barril lo tocó sin querer. ¿Qué debe hacerse con ese vino? ¿Puede utilizarse? ¿O entra en la categoría de nésej?"

El judío aceptó obrar como se le pedía y ambos esperaron con paciencia a que los musulmanes salieran de la mezquita.

La calle volvió a llenarse de gente. El Rambam hizo la seña convenida y al verla el hombre comenzó a llamarlo a voces: "¡Jajam! ¡Jajam!" Ante esos gritos, el Rambam se dio vuelta y lo miró, movimiento que imitaron muchos de los presentes. El hombre repitió su pregunta y recibió la misma respuesta. Después hizo la interrogación que el Rambam le había pedido, a la que éste contestó en voz alta: "Un vino que ha sido tocado por un no judío no debe beberse, porque se ha convertido en vino nésej".

Dicho esto, se escabulló rápidamente entre el gentío. Los musulmanes, se sintieron muy ofendidos. Estaban furiosos porque acababan de enterarse de que, para los judíos, el hecho de que ellos tocaran el vino era mucho peor que el contacto de un alimento con un insecto muerto. Quisieron matar a quien así había hablado, pero había desaparecido. No les quedó otra alternativa que la de plantear la situación al sultán.

En su huida, el Rambam llegó a la casa de una viuda que lo había albergado cuando él acababa de arribar a Egipto. Desde ese refugio seguía con atención todos los intentos que se hacían para hallarlo.

Enterado el sultán de lo que estaba pasando, envió a sus propios policías para buscar al hombre que tan gravemente había injuriado a los seguidores del islam. Quería llevarlo a juicio. Al ver que el tiempo pasaba y no aparecía, ofreció una importante recompensa a quien informara del lugar donde se escondía el ofensor, es decir, el Rambam.

El Rambam lo supo. Llamó a la dueña de la casa y le pidió: "Prepáreme agua caliente, porque deseo bañarme". Al cabo de un rato la viuda cumplió con lo que le pedía y al cabo de un rato le trajo un enorme recipiente de cobre lleno de agua. El Rambam tomó una piedra grande y la colocó en el centro del recipiente. Cerró la puerta, se sentó en la piedra y esperó.

El sultán había convocado para esa hora a un astrólogo a su palacio. El astrólogo comenzó su tarea e investigó todo el territorio de Egipto buscando al Rambam. Lo descubrió por fin y comunicó al sultán: "Lo veo. Está en una isla rodeada de una muralla de cobre, no lejos de aquí".

"¿Es que hay cerca de aquí una isla tan rara y nosotros no lo sabíamos?", se extrañaron el rey y sus sabios. El astrólogo se equivoca, pensó el sultán y llamó a otros. Pero no hicieron más que confirmar las palabras del primero.

La curiosidad del Sultán se hizo más y más viva. Se desesperaba por conocer el paradero del Rambam. Hizo anunciar: "El Rey pide al hombre que se esconde que aparezca ante él, prometiéndole una amnistía total y que no le ocurrirá nada de malo".

El Rambam supo también del anuncio del sultán y resolvió presentarse ante él.
-Soy el hombre que Su Alteza busca.

-¿Por qué ha hecho usted esto?

-Quise ser el médico del sultán y ganarme así la vida. De este modo logré atraer su atención.

-Revéleme cuál ha sido su escondite.

-Cerca de aquí, en una casa muy próxima a este palacio.

-¿Por qué dijeron los astrólogos que estaba en una isla rodeada de una muralla de cobre?

-Era verdad. Estaba en un recipiente de cobre repleto de agua -explicó el Rambam, con una sonrisa en los labios.

El sultán se dio cuenta de que tenía frente a sí a un hombre de inteligencia superior y conversó con él de diferentes temas. Resolvió agregarlo a su equipo de asesores y hacerlo su médico personal.

Una larga vida

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Una larga vida

Extraido de "Y digamos Amén"

Todos los habitantes de Boro Park conocían a Abraham. Boro Park es un barrio interesante: está situado en la gran ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos, y muchos de sus habitantes son judíos observantes. En este barrio vivía Abraham, quien era una persona muy especial.

¿Qué había de especial en él? Abraham tenía muchas virtudes, y en este relato les contaremos acerca de una de ellas. Abraham y todos los miembros de su familia ponían mucho hincapié en recitar las bendiciones en voz alta.
De este modo, todas las personas que se encontraban en la casa podían cumplir con la mitzvá de contestar Amén a cada bendición.

Siempre que venía alguien a su casa, Abraham solía servirle un pequeño refrigerio y le pedía muy gentilmente:

“Por favor, permítanme cumplir con la mitzvá de contestar Amén”.

Los huéspedes satisfacían su pedido con alegría y no se olvidaban de bendecir en voz alta. ¡Abraham no quería perderse ni siquiera un solo Amén!

Los compañeros de sus hijos ya sabían que en la casa de ellos se debía recitar las berajot en voz alta.

Al principio, tenían un poco de vergüenza, pero Abraham los incentivaba con ternura y cariño. él ayudaba a sus hijos a servirles un refrigerio y no se movía de allí hasta escuchar la bendición por la rica galleta o por el refrescante vaso de bebida.

Los jóvenes huéspedes aprendían de él y también comenzaban a contestar Amén después de cada berajá.

Una vez, uno de los amigos de Abraham le dijo a él:

“¿No te parece que estás exagerando? Tu pedido puede causarles incomodidad a tus huéspedes.

¿No te parece que debes conformarte con las bendiciones de los miembros de tu familia y no molestar a otras personas?”.

Abraham estaba muy sorprendido. No podía creer que alguien pudiera hablar así. Sin embargo, no se enojó con su amigo, sino que le dijo con delicadeza y calidez:

“¡Creo que vale la pena que reflexiones nuevamente acerca del valor que tiene incluso un solo Amén!”.

Su amigo permaneció en silencio. Las palabras de Abraham, que habían salido del corazón, entraron en su corazón...

Abraham, esta persona tan especial, tuvo el mérito de vivir por muchos años.

Después de que Abraham falleció, sus hijos dijeron muy emocionados:
“Papá vivió hasta los noventa y un años: ¡exactamente el valor numérico de la palabra Amén!”.

Boleto de primera categoría

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Boleto de primera categoría

Físhel era un simple granjero que nunca había visto una ciudad más grande que su pequeño pueblito. Una vez decidió que viajaría en tren para conocer la gran ciudad.

Se dirigió a la estación de tren y preguntó dónde podía comprar un boleto. Entonces alguien le mostró el camino hacia la boletería.

"Quiero viajar a Grossville", le dijo al empleado.

"¿En primera clase?", le preguntaron desde el otro lado de la ventanilla.

Físhel no sabía qué contestar. Desconocía la existencia de tres compartimentos distintos en el tren, y tenía vergüenza de revelar su ignorancia turística pidiéndole al empleado que le explicara la pregunta.

Entonces respiró profundamente y dijo: "¡Sí!", esperando no estar cometiendo una equivocación.

El empleado selló un gran boleto blanco y se lo entregó a Físhel diciendo: "Son cuatro coronas y media".

Físhel pagó y se alejó de la boletería siguiendo a la muchedumbre que se dirigía hacia la plataforma, esperando ansioso divisar el tren lo más rápido posible. En el andén, no faltaban granjeros y trabajadores simples, como él. Físhel decidió seguirlos y hacer lo mismo que hicieran ellos.

Al rato, un silbato anunció la llegada del tren y Físhel quedó asombrado ante la gran visión y todo el ruido de ese imponente "caballo de hierro" que se había detenido frente a él.

Con una mezcla de emoción, miedo y curiosidad infantil, se dejó llevar por la multitud hacia el vagón más cercano, y al ver que las personas se empujaban unas a otras para ocupar los asientos disponibles, Físhel hizo lo mismo.

Diez minutos más tarde, otro silbato anunció que el tren pronto comenzaría a andar. El corazón de Físhel latía al unísono con el traqueteo de las ruedas que comenzaron a moverse lentamente sobre las vías. Al rato, el tren ya estaba haciendo su camino a través de valles y praderas, mientras Físhel observaba el paisaje pegado a la ventanilla, extasiado.

De pronto, se abrió la puerta del vagón de Físhel y entró el guarda.

"Boletos, por favor. Todos los boletos, a todos los destinos. Boletos, por favor", pregonaba.

Fishel miró nerviosamente a los otros pasajeros. Todos buscaban los boletos en sus bolsillos o billeteras. Enseguida, Físhel se dio cuenta de que todos los demás tenían boletos azules y él estaba seguro de que el suyo era blanco. Por miedo a meterse en problemas, él ni siquiera quiso sacar su boleto.

De pronto, el hombre que estaba sentado frente a Físhel notó que éste estaba sumamente nervioso. "¿Conque no tienes boleto, eh?", preguntó con una sonrisa cómplice. "No te preocupes. Sólo tienes que esconderte debajo del asiento hasta que el guarda termine su ronda", le dijo haciéndose a un lado. "Métete debajo de mi asiento unos minutos y yo te diré cuando puedes salir".

Físhel esperó a que el guarda se diera vuelta y entonces se esfumó, tal como le habían indicado. Pero incluso debajo del asiento, demostró ser un aficionado: Físhel dejó los pies demasiado estirados y enseguida el guarda se tropezó con ellos.

"Sal de allí", le dijo el guarda en tono poco amigable.

Aterrorizado, Físhel obedeció, sin saber qué le haría ese hombre uniformado.

"¿Conque viajas sin boleto, eh?", bramó el guarda, observando muy seriamente al supuesto transgresor.

"Tengo un boleto, pero...", comenzó a decir Físhel.

"¿Dices que tienes un boleto? ¡Entonces muéstramelo!".

Lentamente, Físhel sacó su boleto blanco y se lo entregó al guarda.

"¡Pero éste es un boleto de primera clase!", exclamó. "¿Dónde lo conseguiste?".

"Lo compré en la estación", susurró Físhel con las rodillas temblándole de miedo.

"¿Lo compraste en la estación?", repitió el guarda incrédulo.

"¿Y por qué te estabas escondiendo debajo de los asientos en un vagón de tercera clase?"

"Con este boleto, podrías estar en un vagón de primera clase, reclinado en un elegante asiento tapizado, disfrutando del paisaje a través de una enorme e impecable ventana, y hasta con una mesa propia". "¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo aquí?".

El Jafetz Jaim dice que a veces nosotros actuamos en forma necia, igual que Físhel. Podríamos estar viajando en primera clase y, en cambio, vamos escondidos debajo de asientos de madera en el vagón de tercera clase.

¿Cómo podemos comprar boletos de primera clase para el viaje de la vida?

La llave maestra que consigue abrir todas las puertas es responder Amén, que no solamente abre las puertas del Mundo Venidero, sino también las de este mundo. Es como un boleto de lotería garantizado para ganar. Quien lo sepa utilizar, saldrá ganador tanto en este mundo como en el Venidero.

La grandeza del Rambam

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La grandeza del Rambam

La sabiduría de Rabí Moshé Ben Maimón no abarca solo Torá, sino también medicina y demás ciencias. Se hizo famoso como médico, en las tierras vecinas.

El rey de Egipto, Saladino, al escuchar la grandeza de Rambam en el campo de la medicina, lo nombró su médico personal.

Los ministros de la corte tuvieron mucha envidia por la encumbrada posición a la que ascendió Rambam, aumentada por el hecho que éste era judío. Todas las denuncias y calumnias contadas acerca de su consejero judío, fueron rechazados por el rey.

También los médicos egipcios fueron atacados por la envidia y empezaron a confabular, para demostrar que no eran tan grandes sus conocimientos de medicina.

Le llevaron un petitorio al rey diciendo que querían debatir con Rambam sobre medicina.

Sabía el rey que muy grandes eran los conocimientos de Rambam en el campo de la medicina, por lo cual le informó, que los médicos de Egipto están interesados en hacer con él un debate profesional y le pidió que acepte la propuesta, ya que seguramente los vencería.

El debate se desarrolló largas horas y al final hubo diferentes opiniones entre las dos partes, en relación a la pregunta, si era posible curar a un ciego.

La opinión de Rambam fue que era posible curar a un ciego, sólo si perdió la vista después de nacer, más quien nació ciego, no tenía curación.

Los médicos egipcios, en cambio argumentaron que con «su gran sabiduría» podrían curar incluso a quien nació ciego y que estaban listos a demostrarlo.

Al final del debate se decidió, que si durante ocho días traerían los médicos un ciego de nacimiento y lo curarán se considera que vencieron a Rambam y podrán hacer con él lo que deseen. Salieron los médicos a la calle de la ciudad y buscaron a un hombre que perdió la visión después de su nacimiento.

Después de larga búsqueda encontraron un joven de catorce años, que hace un tiempo perdió la visión.

Se acercaron a él los médicos y le preguntaron «¿estás interesado en que te curemos?», «Seguro», contestó el joven con alegría.

Le dijeron los médicos: «lo haremos pero con una sola condición, que digas delante del rey que eres ciego de nacimiento. También le dirás a tu madre y los vecinos que digan lo mismo».

Se alegró mucho el joven al escuchar las palabras de los médicos y corrió a contarle las novedades a su madre y también ella aceptó la condición.

Fue la mujer a hablar con los médicos, expresó su aceptación a la condición y los médicos la dirigieron acerca de lo que ella y sus vecinos tenían que decir.

Tomaron al joven y después de ocho días de tratamiento intensivo, lograron que el joven recupere la vista.

Al pasar ocho días vino el Rambam frente al rey y llegaron los médicos con el joven ciego. Dijeron los médicos: «Su majestad, hemos traído un joven que era ciego de su nacimiento, de acuerdo al testimonio de su madre y sus vecinos y lo hemos curado de su ceguera».

Preguntó el rey a la madre y a los vecinos, y estos confirmaron las palabras de los médicos, diciendo que el joven sufría de ceguera congénita y hace unos días los médicos empezaron a tratarlo y lo curaron.


Pudo comprobar el rey, que la verdad estaba con los médicos y que era posible curar la ceguera congénita.

Se dirigió el rey a Rambam y le preguntó: «¿qué puedes decir sobre esto?, nuestros ojos confirman que es posible curar a un ciego de nacimiento».

«Yo no creo que este joven fue ciego de nacimiento, debido a que la ceguera congénita no puede ser curada».

Aceptó el rey y Rambam salió apresuradamente al mercado y compró siete papeles de diferentes colores y los trajo en su mano al palacio real.

Todos los presentes estaban desconcertados y no sabían que pensaba hacer el Rambam.

Llamó Rambam al joven y le dijo: «Hijo mío, deseo preguntarte algo: en este momento ves bien y puedes distinguir entre un objeto y otro».

«Sí, puedo ver y distinguir claramente entre las cosas», contestó el joven. Sacó Rambam los papeles de colores y preguntó:

«¿Puedes distinguir entre los colores? Dime que color es cada uno de estos papeles».

«Este es rojo, el segundo verde, el tercero azul…», señaló el joven.

En ese momento se dirigió Rambam al rey y dijo con una sonrisa: «puede observar su majestad, que los médicos, el joven, la madre y los vecinos mintieron al decir que el ciego no vio nunca luz».

El rey y los médicos siguieron atentamente la palabras de Rambam y éste continuó con voz segura y suave:

«Si fuera verdad que el joven era ciego congénito, ¿cómo supo distinguir entre los colores?».

«Si supo el nombre de cada color, señal que el joven vio durante varios años y sólo en una etapa posterior perdió la vista».

Al escuchar los médicos, la prueba irrefutable de Rambam quedaron con la boca abierta y avergonzados delante del rey.

Quiso el rey castigarlos severamente por sus mentiras, pero el Rambam pidió que sean perdonados.

El nombre de Rabí Moshé Ben Maimón, se difundió por todo el mundo por su gran sabiduría y por su gran piedad con todas las criaturas.

Bar Kapara y el banquete

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Bar Kapara y el banquete

Era en los tiempos de Rabí Yehudá Hanasí, uno de los sabios más importantes en nuestro pueblo, el editor de la Mishná. En esos días su hijo Shimón estaba pronto a casarse. Eran momentos muy alegres y un gran festejo estaba organizando Rabí Yehudá para su hijo. Todas las personas notables de la tierra de Israel y todos los hijos de los sabios habían sido invitados. A todos los sabios invitó, pero Rabí Yehudá Hanasí olvidó invitar a uno de sus alumnos, a Bar Kapara.

Cuando Bar Kapara se enteró, se ofendió y decidió escribir un letrero en la puerta de la casa de Rabí Yehudá Hanasí que decía así: "Después de la alegría, la muerte. ¿Para qué, servirá tu alegría?."

Se preocuparon todos al ver el letrero, y a la mañana siguiente Rabí Yehudá quien estaba apenado por su error al no invitar a Bar Kapara, realizó otro festejo al cual invitó a todos los sabios, estudiantes y a Bar Kapara. Rabí Yehudá se ocupó que este sea también un festejo lleno de manjares y que nada falte.

Cuando todos los invitados se sentaron a la mesa, Bar Kapara se sentó entre ellos y entre plato y plato, comenzó a relatar fábulas de animales, como la del zorro que entró por una puerta al viñedo y cuando quiso salir una semana después como había comido tantas uvas no podía pasar por la puerta...
El pobre tuvo que ayunar tres días para poder salir del lugar.

Y fábula tras fábula, relato tras relato Bar Kapara seguía hablando y nadie probaba los manjares que habían sido preparados. Los sabios pedían más historias de Bar Kapara.

Y las personas que servían regresaban a la cocina con los platos sin probar y fríos… Rabí Yehudá preguntó asombrado por qué nadie comía y le contestaron:

-Hay un invitado que está contando fábulas e historias sobre cada plato e ingrediente que aparece.

Entonces Rabí Yehudá Hanasí se acercó a Bar Kapara y le preguntó:

-Por qué me haces esto? Deja que todos puedan comer.

Después de un largo silencio Bar Kapara le contestó:

-Hice esto para que puedas comprender que no por la comida es que vine, sino por la compañía, los amigos y los momentos compartidos.

Rabí Yehudá Hanasí, el gran sabio y presidente del Sanhedrin, comprendió muy bien a Bar Kapara. Se estrecharon las manos y dijeron:

"Antes del próximo relato, !todos a comer!"

Joni Hameaguel y el algarrobo

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Joni Hameaguel y el árbol de algarrobos

Cuenta el Talmud que cierta vez, el sabio Joni Hameaguel caminaba por un sendero y vio a un hombre que plantaba un algarrobo. Se acercó y le preguntó: “¿Buen hombre, cuánto tiempo tardará en dar frutos este árbol?”.

“Setenta años” respondió el hombre.

Entonces Joni volvió a preguntar: “¿Estás seguro que vivirás setenta años más para disfrutar de los frutos de este árbol?”

A lo que el hombre replicó: “Cuando llegué a este mundo, encontré un algarrobo que mis padres plantaron para mí, es entonces que ahora yo planto uno para mis hijos”

Joni se sentó para comer y luego se quedó dormido. Una formación rocosa lo rodeó sin que nadie lo pudiera ver y Joni siguió durmiendo por setenta años.

Al despertarse vio a un hombre recogiendo frutos del árbol de algarrobo.
Y Joni le preguntó: ¿eres tu el hombre que plantó este algarrobo?
-No, yo soy el nieto- contestó el hombre.
Joni Hameaguel suspiró y dijo: Es claro, he dormido por 70 años.

La pequeñez de la luna

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La pequeñez de la luna

Todos conocemos al sol y la luna. Son la calidez y la blancura. El sol redondo, calienta y alumbra todo el día, y la luna nos ilumina en la noche con una luz más débil, que se va empequeñeciendo y desaparece al final.

Hace muchos años vivía en Israel un hombre que se llamaba Rabí Shimón Ben Pazi, que nos contó como fue que la luna y el sol fueron cambiando hasta ser diferentes uno del otro.

La historia de Rabí Shimón comienza con la creación del mundo, en donde Dios creó las dos luminarias, la cálida y la blanca para iluminar el cielo. Vio la blanca que ella era igual de tamaño a la cálida y dijo: Creador del mundo, las dos luminarias son iguales en tamaño. ¿Cómo puede ser que dos reyes gobiernen la tierra y utilicen juntos la misma corona?

Pensó El Creador: La luz blanca tiene razón, Yo soy Rey y Único en grandeza. ¿Pero puede ser qué yo esté equivocado? Si yo soy el Rey...

Le dijo Dios a la luz blanca: Si es así, sal y hazte tu misma pequeña! tú recibirás la luz.

La dote que se fue por el desagüe

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La dote que se fue por el desagüe

Los hijos y nietos del rabino Shneor Zalman de Liadi, el primer rabino del jasidismo de Jabad, conocían muy bien la opinión de su padre y abuelo: "No se deben gastar grandes sumas de dinero en ropa". Si compraban ropa cara, intentaban no usarla delante de él.

Cuando su nieto, compró un costoso cinturón cuyo precio era de quince rublos, se lo quitó antes de visitar a su abuelo. Pero una vez su abuelo lo llamó inesperadamente y él olvidó quitarse el cinturón. Cuando el abuelo lo vio se dió cuenta inmediatamente.

-"Llevas un cinturón caro, ¿Cuál es su precio?" Preguntó.
El nieto no mintió. "Pagué quince rublos por el."

-"¿Tan rico eres que puedes permitirte un cinturón tan caro?" El abuelo expresó su descontento.
-"¿Cuánto dinero recibiste como regalo de tu boda?"
-"Dos mil rublos".
-"¿Qué piensas hacer con una suma tan grande?"
-"Los invertiré con una persona rica y leal para ganar un poco de dinero".
-"¿Y que pasaría si él perdiera todo el dinero y tú te quedaras sin ganancias y sin fondos?"
-"No tengo miedo, es un gran hombre; Rico y digno de confianza".
-"¡Sin embargo, es posible que él pierda sus bienes y tú pierdas todo tu dinero!"
-"¿Entonces qué haré con el dinero?"
-"Te sugiero que pongas el dinero en esta caja" dijo el Admur Hazaken mientras señalaba la caja de caridad que estaba permanentemente sobre su escritorio. "Si el dinero se dona a obras de caridad, se quedará para siempre".

El nieto estaba seguro de que su abuelo estaba bromeando, pero el Admur Hazaken volvió a repetir que en su opinión, el lugar más seguro para el dinero sería donarlo a la caridad. Como el nieto no quería contribuir con la cantidad total, de alguna manera eludió el tema y puso fin a la conversación.

Poco tiempo después llevó a cabo su plan e invirtió el dinero, pero la predicción del abuelo se cumplió: La casa del hombre rico se quemó, todas sus posesiones se fueron por el desagüe y con ellas el dinero del nieto. La siguiente vez que el abuelo le preguntó sobre el asunto, su nieto le contó lo sucedido: Había perdido todo su dinero.
-"¿Por qué no escuchaste mis palabras? ¡Te lo advertí!" Dijo el Admur Hazaken.
Te contaré una historia sobre la fe de los sabios que vi con mis propios ojos:

"Cuando era estudiante del Maguid de Mezrich, una vez llegué a un albergue dirigido por un anciano judío. Me interesaba saber dónde rezaba y me dijo que la sinagoga más cercana estaba a poca distancia en coche y, por tanto, los sábados y los días festivos rezaba solo.

"¿Cómo puede un judío vivir lejos de una comunidad judía? ¿Sin rezar en el minian o escuchar la lectura de la Torá?", le pregunté al dueño del albergue.
Me explicó que vive allí desde hace cincuenta años y que no sabe si podrá encontrar una fuente de ingresos en el área de la comunidad judía.

-¿Cuántos judíos viven en la comunidad? Le pregunté.
-"Cien familias", dijo.
-"Si Dios puede cuidar de cien familias, él también puede mantenerte a ti", le dije, y también mencioné que yo era un estudiante del justo Maguid de Mezrich.

"Media hora después de nuestra conversación, vi que había carros llenos de pertenencias cerca del albergue y que el dueño del albergue se dirigía a alguna parte. Cuando le pregunté, me dijo que se mudaba a la comunidad judía. como sugerí!"

"¿Lo ves?" El rabino Shneor Zalman terminó su historia. "Este es el poder de la fe. Ese judío abandonó su fuente de sustento sin dudarlo, mientras que yo te lo advertí una y dos veces y tu no me creiste".